El Dios de los vivos:

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Noviembre 22, 2025

1 Macabeos 6, 1-13 Salmo 9, 2-3. 4 y 6. 16b y 19 Lucas 20, 27-40

Memoria de Santa Cecilia, virgen y mártir

Cantemos al Señor, nuestro salvador

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El Dios de los vivos: la resurrección según Cristo

Cuando los saduceos se acercan a Jesús para ponerlo a prueba con su pregunta sobre la mujer que tuvo siete esposos, no buscan la verdad sino la ocasión para ridiculizar la fe en la resurrección. Jesús, sin embargo, responde con una sabiduría que ilumina la oscuridad de sus corazones. No discute en el terreno de lo humano, sino que eleva la mirada hacia el misterio divino. Revela que la vida futura no es una simple prolongación de esta, sino una existencia transformada, en la que los hijos de Dios ya no mueren, porque participan de la vida misma de Aquel que es el Viviente.

La resurrección no es un mito, sino el cumplimiento de la promesa divina inscrita en el corazón del hombre. En Cristo, la muerte pierde su poder y se abre el camino hacia la comunión eterna. Santo Tomás de Aquino explica que la resurrección de los cuerpos responde a la justicia de Dios: el alma y el cuerpo cooperaron en el bien o en el mal, por lo que ambos deben participar de la retribución final. Así, la respuesta de Jesús no sólo refuta a los saduceos, sino que revela el sentido último de la creación: el hombre fue hecho para la inmortalidad.

En su enseñanza, el Señor distingue entre la condición terrena y la celestial. En este mundo, los hombres se casan y se dan en matrimonio, pues la vida está sujeta al tiempo y a la muerte; en la vida futura, el amor no se extingue, sino que se eleva a su plenitud en Dios. La unión conyugal, signo del amor divino en la tierra, cede su lugar a la unión perfecta del alma con su Creador. Santo Tomás comenta que los resucitados “serán como los ángeles”, no por naturaleza, sino por su modo de vivir: libres del dolor, del pecado y de la corrupción. Esta semejanza no implica la pérdida de la identidad humana, sino su perfección en la gloria.

Jesús, al citar a Moisés, muestra que incluso en las Escrituras que los saduceos veneraban estaba presente la verdad de la vida eterna: el Dios de Abraham, Isaac y Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos. En esta frase resplandece la lógica del amor divino: quien entra en relación con Dios no puede morir, porque Dios es fuente de vida y no de destrucción. El pecado puede separar al hombre de la gracia, pero no puede anular el designio eterno de amor. En Cristo, ese designio se hace visible y cercano.

Santo Tomás afirma que la esperanza en la resurrección es virtud que nace de la fe y se orienta a la caridad. Esperar la vida eterna es confiar en la fidelidad de Dios, que no abandona la obra de sus manos. Por eso, este pasaje no es sólo una lección doctrinal, sino una invitación a vivir desde ahora con la mirada puesta en la eternidad. Cada acto de amor, cada gesto de perdón, cada oración sincera son anticipaciones del cielo, semillas de la resurrección que florecerán en el día final.

Así, el Evangelio nos recuerda que la vida no se agota en la tierra, y que la fe en la resurrección no es evasión del presente, sino fuerza para vivirlo con esperanza. Jesús no sólo defiende la vida futura: la encarna. En Él, la muerte se convierte en tránsito, y la tumba, en puerta abierta. Creer en el Dios de los vivos es vivir con la certeza de que el amor, cuando es verdadero, nunca termina.

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