Juan Boliche
Relato inspirado en la canción de Piero
La cantina de la esquina abría siempre a las seis, cuando el cielo todavía era un pañuelo gris esperando colorearse. A esa hora, Juan Boliche ya estaba en la puerta. No porque fuera un hombre impaciente, sino porque su soledad madrugaba en busca de destino. Empujaba la madera envejecida, se sacudía el polvo del saco gastado y se sentaba a su mesa de siempre: la que estaba junto al vitral que daba al pequeño jardín de la calle.
Juan no había sido siempre así, encorvado y silencioso, con las manos como mapa de años mal pagos. De joven había sido ligero, se podría decir que alegre. Trabajó toda la vida en el puerto, descargando bultos que parecían pesar tanto como sus sueños. El sueldo nunca alcanzó para mucho más que lo justo, pero él se las arreglaba para tener pequeñas fiestas: los sábados compraba pan dulce y gaseosa, aunque no fuera diciembre, y en verano regalaba golosinas a los chicos del barrio, aunque su bolsillo protestara.
Pero los años corren sin mirar atrás, y un día Juan se encontró jubilado, sentado en la misma mesa, sin saber muy bien qué hacer con tanto tiempo. El silencio de su casa era más frío que el invierno, y así fue como adoptó la cantina como quien adopta un perro viejo: sin decirlo, pero con cariño entrelazado entre recuerdos.
Pedía siempre lo mismo: una copa de ginebra, no demasiado llena, era solo “para calentar el alma”. Le hablaba al cantinero de cosas simples pero muy importantes: del clima, del barrio, del precio de los tomates. Y si alguien le preguntaba por su vida, él sonreía apenas, como si tuviera un secreto que nunca se animó a contar.
En realidad, lo tenía.
Cada tarde, cuando el sol empezaba a bajar, Juan guardaba una flor marchita en su bolsillo. La cambiaba todos los días. Era para Ana, su único amor. Ella había muerto joven, antes de que pudieran casarse. Desde entonces, Juan no volvió a enamorarse; decía que su corazón era humilde, pero fiel. Ese gesto silencioso —esa flor que nadie veía— era su forma de seguir cuidándola, de seguir amándola.
Una noche, la cantina estaba más vacía que de costumbre. La lluvia golpeaba los vidrios como si buscara consuelo. Juan levantó su copa, la miró con cariño y murmuró:
—No es la copa… es la compañía.
El mesero, que lo conocía desde hacía décadas, se le acercó.
—¿Sabe, don Juan? Usted le da vida a este boliche. Si usted no viene, La cantina se queda triste, se ven sus lágrimas en cada mesa.
Juan sonrió. Fue su sonrisa más plena en años.
—Es que yo también sería triste sin el bar.
Esa misma noche, antes de irse, dejó la flor sobre la mesa. El mozo pensó que se había olvidado, pero no: Juan la dejó a propósito. El gesto era claro como una plegaria: gracias por acompañarme.
Con el tiempo, la historia de Juan Boliche se volvió casi leyenda del barrio. No por algo grandioso, sino por lo contrario: porque enseñó que la dignidad puede ser sencilla, que la vida humilde también es profunda, y que una cantina de esquina puede ser más hogar que cuatro paredes desiertas.
Dicen algunos que, de vez en cuando, la cantina está en soledad… y se ve una flor solitaria en la mesa junto al ventanal.
Y que el cantinero, sin decir nada, llena una copa de ginebra tibia
—“para calentar el alma”—
como si todavía esperara que Juan entrara, con su sonrisa de hombre bueno
y su paso cansado pero fiel.
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