Diciembre 2, 2025
Isaίas 11, 1-10 Salmo 71, 2. 7-8. 12-13. 17 Lucas 10, 21-24
Martes de la primera semana de Adviento
Ven, Señor, rey de paz y de justicia
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El gozo de Jesús: la revelación a los sencillos
En este pasaje luminoso, Jesús alza los ojos al cielo y exclama: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.” Es uno de los momentos más tiernos del Evangelio: el Hijo, lleno de alegría en el Espíritu Santo, bendice al Padre por el misterio de su designio. No se trata de una exclusión, sino de una paradoja divina: el orgullo cierra el alma, la humildad la abre.
Santo Tomás de Aquino enseña que la sabiduría divina no se comunica al entendimiento hinchado, sino al corazón puro. El conocimiento humano, cuando se apoya en sí mismo, se vuelve tiniebla; en cambio, el alma sencilla acoge la verdad como un don. Por eso Jesús se alegra, porque el Reino no se construye sobre la autosuficiencia del hombre, sino sobre la docilidad del amor. El gozo de Cristo es el gozo de ver a los humildes participar en el misterio eterno del Padre.
La doctrina católica ve en este pasaje la revelación del corazón trinitario de Cristo. Él se alegra “en el Espíritu Santo”, y en esa alegría se refleja la comunión entre el Padre y el Hijo. Santo Tomás comenta que este gozo no es meramente humano, sino participación de la bienaventuranza divina: Jesús se goza porque el plan de la salvación, escondido desde la eternidad, se cumple en los sencillos de corazón. En ellos, la gracia encuentra espacio para obrar.
Jesús proclama, además: “Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.” Aquí se alza el centro del Evangelio: el conocimiento de Dios no se alcanza por esfuerzo, sino por revelación. La fe no es una conquista intelectual, sino una relación viva. El Padre se da a conocer a través del Hijo, y el Hijo abre el corazón del creyente por la acción del Espíritu. En esa dinámica de amor se realiza la verdadera sabiduría, la que nace de la contemplación y no del orgullo.
Cuando Jesús se vuelve a sus discípulos y les dice: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven”, los invita a reconocer el privilegio de haber contemplado el cumplimiento de las promesas. Muchos profetas y reyes desearon ver lo que ellos veían, y no lo vieron. Santo Tomás señala que esta bienaventuranza no es de privilegio, sino de participación: los discípulos son dichosos porque su fe los hace testigos del amor encarnado.
El gozo de Jesús, por tanto, no es un sentimiento pasajero, sino un estado de comunión. Es la alegría de quien ve al Padre actuar en los corazones humildes. En este pasaje, el Hijo eterno nos enseña el camino de la verdadera sabiduría: la gratitud, la humildad y la mirada limpia que reconoce la presencia de Dios en lo pequeño. Así, el creyente aprende que la revelación no está en lo grandioso, sino en lo sencillo; y que quien se abre al Espíritu con corazón pobre participa del mismo gozo de Cristo.
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