El Amanecer del 6 de Diciembre de 1534
Relato de la fundación de San Francisco de Quito
El amanecer del 6 de diciembre de 1534 llegó frío y diáfano sobre los montes andinos. Una ligera neblina descendía por las laderas del Pichincha, como si la montaña quisiera observar de cerca lo que iba a suceder. En la explanada escogida para levantar la nueva ciudad, los españoles habían pasado la noche inquietos, revisando pergaminos, contando provisiones, afilando espadas. Entre ellos se movía con paso firme Sebastián de Benalcázar, decidido a sellar, ese día, el acto que cambiaría para siempre la historia del Reino de Quito.
Los indígenas de la zona observaban desde la distancia. Algunos habían sido aliados, otros apenas días antes habían resistido a los hombres barbados venidos del norte. Entre los escombros humeantes de lo que había sido un asentamiento inca —incendiado durante la retirada de Rumiñahui para que nada quedara en manos de los conquistadores— se levantaba ahora una planicie silenciosa, preparada para el acto formal.
Al despuntar el sol, Benalcázar ordenó formar a sus hombres. Se instaló una mesa improvisada sobre tablones, y sobre ella, un tintero, un crucifijo y un pergamino en blanco. Era el acta de fundación. El escribano, Martín de Paz, mojaba la pluma mientras los vecinos designados aguardaban el llamado.
Benalcázar alzó la voz:
—En nombre de Dios y de Su Majestad el Rey, fundamos esta ciudad que se llamará San Francisco de Quito.
Las palabras resonaron en el aire frío. A su alrededor, los soldados clavaron sus lanzas en la tierra, marcando el primer perímetro simbólico de la urbe. Los capitanes fueron nombrados alcaldes y regidores. Se estableció la primera traza urbana: calles rectas, una plaza mayor, solares repartidos para iglesia, cabildo y vecinos.
El escribano avanzó con la pluma, dejando constancia de cada palabra:
la fecha, “a seis días del mes de diciembre del año del Señor de mil quinientos treinta y cuatro”;
los nombres de los primeros alcaldes, Diego de Tapia y Juan de Ampudia;
los testigos;
la ubicación entre montañas y quebradas que más tarde daría a la ciudad su forma única.
A medida que la ceremonia avanzaba, los presentes parecían comprender que estaban presenciando algo que trascendía sus vidas: el nacimiento formal de una ciudad destinada a perdurar siglos. Los indígenas, desde la distancia, guardaban silencio. Algunos entendían que un nuevo orden comenzaba. Otros, que estaban viendo el fin de una era.
Cuando finalmente el acta fue firmada, se elevó una cruz de madera, sencilla, apenas labrada, marcando el centro espiritual del nuevo poblado. Sobre las columnas de humo que aún se alzaban de los antiguos templos incas, se anunció con voz solemne una misa de acción de gracias.
Así, entre cenizas del pasado y promesas del porvenir, nació San Francisco de Quito, ciudad que con el tiempo se alzaría en piedra volcánica, iglesias doradas, conventos, plazas y calles empinadas, y que siglos después sería reconocida como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
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