El envío de los discípulos: la caridad que se hace misión

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Diciembre 6, 2025

Isaίas 30, 19-21. 23-26 Salmo 146, 1-2. 3-4. 5-6 Mateo 9, 35–10, 1. 6-8

Sábado de la primera semana del Adviento

Alabemos al Señor, nuestro Dios

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El envío de los discípulos: la caridad que se hace misión

Jesús comparte su compasión con los hombres y los convierte en instrumentos de su misericordia.

El Evangelio presenta a Jesús recorriendo ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y dolencia. Pero lo que impulsa su acción no es la estrategia ni el deber, sino la compasión. Al ver a las multitudes, dice el texto, “se compadeció de ellas, porque estaban cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor.” En esas palabras se revela el corazón pastoral de Cristo, en quien se manifiesta la ternura del Padre hacia la humanidad herida.

Santo Tomás de Aquino enseña que la compasión es el movimiento más perfecto del amor: el bien supremo desciende para elevar al débil. En Jesús, la misericordia no es un sentimiento pasajero, sino una fuerza activa que sana, enseña y reúne. Donde el hombre ve confusión, Dios ve sed de esperanza. De esa mirada brota el llamado: “La mies es mucha y los obreros pocos.” Cristo no se limita a compadecer; forma y envía. La caridad se convierte en misión.

Entonces llama a sus discípulos y les da poder sobre los espíritus inmundos y sobre toda enfermedad. La autoridad que reciben no es dominio, sino servicio. Santo Tomás comenta que el poder de Cristo se comunica no para engrandecer a los hombres, sino para prolongar su obra de salvación. La misión apostólica nace de la comunión con Él: solo quien ha estado con el Maestro puede llevar su palabra con verdad.

Jesús los envía con instrucciones claras: “Vayan a las ovejas perdidas de Israel. Proclamen que el Reino de los cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos, expulsen a los demonios. Gratis lo recibieron, denlo gratis.” En estas palabras resuena la economía divina de la gracia: lo que se recibe como don debe convertirse en don. Nadie es dueño del Evangelio; todos somos administradores de un tesoro recibido sin mérito.

Santo Tomás explica que el mandato de “dar gratuitamente” expresa la pureza de la caridad. El apóstol no busca recompensa ni reconocimiento, porque su alegría está en servir. Así como Cristo curó sin cobrar, perdonó sin condiciones y amó sin medida, sus enviados deben reflejar la gratuidad del amor divino. La verdadera predicación no se apoya en técnicas, sino en la santidad de vida.

Este pasaje muestra también la pedagogía de Dios: Jesús primero enseña, luego llama, después envía. Nadie puede anunciar lo que no ha contemplado. La oración y la acción no se oponen, sino que se fecundan. Santo Tomás dice que la contemplación es como el manantial, y la acción, el río que brota de él. El discípulo que vive unido a Cristo se convierte en canal de su gracia.

Así, el Evangelio de hoy revela el dinamismo de la misión cristiana: compasión que se transforma en envío, fe que se hace caridad, y don que se multiplica al ser compartido. Todo bautizado participa de este envío, porque el mundo sigue siendo campo de mies. Y la voz del Señor continúa resonando: “La cosecha es mucha.” El corazón que se deja mover por la compasión divina se convierte, como los apóstoles, en testigo vivo del Reino que ya está cerca.

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