Jueves de la segunda semana de Adviento

Diciembre 11, 2025

Isaίas 41, 13-20 Salmo 144, 1 y 9. 10-11. 12-13ab Mateo 11, 11-15

Jueves de la segunda semana de Adviento

Bueno es el Señor para con todos

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Juan el Bautista: el umbral entre la espera y el cumplimiento

La grandeza del Precursor no está en dominar, sino en señalar; no en hablar de sí, sino en abrir camino al Verbo.

Jesús pronuncia sobre Juan el Bautista uno de los elogios más sorprendentes de todo el Evangelio: “Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie mayor que Juan.” Con estas palabras, el Señor revela la estatura espiritual del Precursor. No fue un rey, ni un sabio, ni un sacerdote del templo, sino un profeta que eligió el desierto por morada y la verdad por alimento. Su grandeza no proviene de honores humanos, sino de su total disponibilidad a la voluntad de Dios.

Santo Tomás de Aquino enseña que Juan es el más grande porque es el punto culminante de la antigua alianza: concentra en sí la voz de todos los profetas, la pureza de los jueces, la firmeza de Elías y la esperanza de Israel. Sin embargo, su grandeza no procede solo de lo que anuncia, sino de a quién anuncia. Juan señala al Cordero de Dios, y esa misión lo coloca en la frontera entre dos mundos: el que espera y el que ya recibe.

Pero Jesús añade algo aún más misterioso: “El más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él.” No se trata de una comparación degradante, sino de una revelación teológica. Santo Tomás explica que Juan pertenece todavía al tiempo de la promesa, mientras que el más pequeño en el Reino —es decir, aquel que ya vive de la gracia plena de Cristo— participa de una grandeza sobrenatural que supera todo mérito humano. Juan es el más grande de la tierra; pero quien nace del agua y del Espíritu pertenece a un orden mayor: el de la filiación divina.

Jesús afirma luego que “desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.” Esta frase, tan enigmática, ha sido interpretada por los Padres y por Santo Tomás como un elogio de la violencia espiritual: el esfuerzo interior por arrancar del alma todo lo que la aleja de Dios. No es violencia contra el prójimo, sino contra el propio pecado. El Reino no se obtiene con tibieza, sino con decisión amorosa. Quien quiere vivir en Dios debe luchar contra la inercia del egoísmo y el sopor de la indiferencia.

Finalmente, Jesús identifica a Juan con el Elías que debía venir. No en sentido literal —Juan no es reencarnación de Elías—, sino en misión y espíritu. Santo Tomás explica que Elías simboliza el fuego del celo por Dios, y ese fuego ardió también en Juan: un fuego que purifica, que llama a la conversión, que prepara al corazón para recibir al Mesías. Juan es, pues, el mensajero que “prepara un pueblo bien dispuesto”.

Este pasaje revela la delicadeza de Dios en su pedagogía: antes de venir Él mismo, envía a su heraldo. Antes de hablar, envía la voz. Antes de iluminar, prepara los ojos. Juan es ese amanecer que precede al sol. Su misión es transitoria, pero su grandeza eterna, porque todo lo que hizo fue conducir hacia Cristo.

Al final, Jesús concluye: “El que tenga oídos, que oiga.” Es un llamado a la docilidad. La figura de Juan recuerda que no se entra al Reino por curiosidad, sino por conversión. No basta admirar al profeta; es necesario dejarse transformar por Aquel a quien él señala. Y así, en la humildad del Precursor, el creyente aprende la verdadera grandeza: desaparecer para que Cristo crezca.

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