SAN JOSÉ DE COPERTINO
El santo que voló hacia Dios
San José de Copertino nació en 1603, en Copertino, una pequeña población del sur de Italia. Vino al mundo en el seno de una familia pobre, pero honrada y profundamente cristiana. Desde sus primeros años tuvo que enfrentarse a numerosas dificultades. Sus capacidades intelectuales y sus habilidades prácticas parecían muy limitadas, hasta el punto de que humanamente hablando pocos habrían imaginado en aquel niño el futuro de un gran santo.
Pero la historia de José de Copertino demuestra una verdad profundamente cristiana: Dios no siempre elige a quienes destacan ante los ojos del mundo, sino que muchas veces manifiesta su poder precisamente en la fragilidad humana.
José deseaba consagrarse a Dios. Después de superar grandes obstáculos, consiguió ingresar en la Orden de los Hermanos Menores Conventuales. Allí continuó encontrando dificultades, especialmente en los estudios necesarios para la formación sacerdotal. Sin embargo, aquello que parecía una debilidad se convirtió en una ocasión extraordinaria para confiar en la gracia divina.
Finalmente, gracias a la ayuda de Dios y a su perseverancia, José llegó al sacerdocio.
Un sacerdote inflamado de amor
Después de su ordenación sacerdotal se entregó completamente al ministerio. Su vida no estuvo marcada por grandes proyectos humanos, sino por una profunda unión con Cristo, una intensa vida de oración y un ardiente deseo de llevar las almas hacia Dios.
San José recibió también dones místicos extraordinarios. Sus éxtasis y levitaciones hicieron que fuera conocido popularmente como el «Santo de los vuelos».
Durante algunos momentos de intensa contemplación, especialmente al escuchar el nombre de Jesús o al contemplar los misterios de la fe, experimentaba tales arrebatos espirituales que su cuerpo llegaba a elevarse del suelo. Estos fenómenos extraordinarios llamaron poderosamente la atención de quienes lo rodeaban.
Sin embargo, la Iglesia nunca presenta estos fenómenos como lo esencial de su santidad.
Lo verdaderamente admirable en José de Copertino fue su humildad, obediencia, paciencia, caridad y amor a Dios.
Precisamente para evitar que la curiosidad o el entusiasmo desordenado de la gente perturbara su vida religiosa, sus superiores tuvieron que trasladarlo repetidamente de un convento a otro.
La santidad no está en los milagros
La vida de San José nos recuerda algo importante: los milagros pueden llamar nuestra atención, pero no constituyen el centro de la vida cristiana.
Un santo no es santo porque tenga experiencias extraordinarias. Es santo porque pertenece a Cristo y permite que la gracia transforme su vida.
En José de Copertino encontramos un ejemplo particularmente hermoso. Aquel hombre que parecía carecer de grandes capacidades humanas llegó a ser instrumento de Dios para muchas personas.
Su vida recuerda las palabras de San Pablo:
««Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad»
(2 Corintios 12, 9).»
José conoció personalmente esta realidad. Sus limitaciones no fueron un impedimento absoluto para la obra de Dios. Al contrario, se convirtieron en el escenario donde podía manifestarse con mayor claridad la fuerza de la gracia.
Amor a la Eucaristía y a la Virgen María
San José de Copertino tuvo una devoción particularmente intensa hacia la Sagrada Eucaristía y hacia la Santísima Virgen María.
Los misterios de la vida de Cristo ocupaban un lugar central en su oración. Su espiritualidad franciscana lo llevaba a contemplar con especial amor la humanidad de Jesucristo: su nacimiento, su pasión, su muerte y, sobre todo, su presencia viva en la Eucaristía.
Para José, Cristo no era una idea ni una doctrina abstracta. Era una Persona viva que debía ser amada, adorada y seguida.
También su amor a María fue profundo. La Madre de Dios era para él modelo de humildad, obediencia y entrega total a la voluntad divina.
La alegría de un santo
Hay otro aspecto especialmente hermoso en la vida de San José: su alegría franciscana.
Sus biógrafos cuentan que sabía transmitir a quienes lo escuchaban una alegría sencilla y profundamente espiritual. Utilizaba incluso composiciones musicales y versos populares para despertar en las personas el amor a Dios.
Su alegría no nacía de una vida fácil.
José había conocido la pobreza, las dificultades intelectuales, los obstáculos para ingresar en la vida religiosa y las incomprensiones provocadas por sus experiencias místicas.
Y, sin embargo, conservaba la alegría.
Esto constituye una enseñanza profundamente actual. La verdadera alegría cristiana no depende de que todas las circunstancias sean favorables. Nace de saber que Dios está presente y que nuestra vida tiene sentido cuando se entrega a Él.
«Tender a la perfección»
San José de Copertino murió en Ósimo, en la región italiana de las Marcas, en 1663.
Su existencia puede resumirse en una sencilla invitación: dejar que Dios nos eleve por encima de nuestras propias limitaciones.
Quizá nosotros no poseamos grandes talentos. Quizá tengamos defectos, dificultades, fracasos o capacidades que consideramos insuficientes. Pero la vida de San José nos enseña que Dios puede trabajar incluso con aquello que nosotros consideramos pequeño.
La santidad no consiste en ser extraordinarios ante los hombres.
Consiste en amar a Dios con todo el corazón, obedecer su voluntad, perseverar en medio de las dificultades y permitir que su gracia transforme nuestra pobreza en instrumento de su gloria.
Por eso la oración litúrgica de su memoria pide que, por su intercesión, podamos tender hacia la perfección que Dios nos ha propuesto en Jesucristo y permanecer libres de la malicia del mundo.
San José de Copertino nos enseña, finalmente, que el verdadero «vuelo» del cristiano no consiste solamente en elevarse físicamente sobre la tierra.
El verdadero vuelo es elevar el corazón hacia Dios.
Y cuando el alma aprende a confiar plenamente en Cristo, incluso aquello que parecía una debilidad puede convertirse en el lugar donde comienza una extraordinaria historia de santidad.
Oración
Dios de misericordia, que con admirable sabiduría has querido que tu Hijo, al ser levantado de la tierra, atrajera todas las cosas hacia él, concédenos, por intercesión de san José de Copertino, tender a la perfección que nos has propuesto en la persona de tu Hijo, y vernos libres de la malicia de este mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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