Dueños del oro, no sus esclavos: una reflexión de san Agustín sobre las riquezas
El oro ha sido, a lo largo de la historia, símbolo de poder, prosperidad y prestigio. Los hombres han emprendido guerras por poseerlo, han levantado imperios gracias a él y, en ocasiones, han sacrificado su paz y su dignidad para acumularlo. Sin embargo, san Agustín nos ofrece una profunda reflexión sobre la relación del ser humano con las riquezas: no hemos sido creados para servir al oro, sino para utilizarlo conforme al orden querido por Dios.
«Aquel que no sabe servirse de oro, es tiranizado por él», afirma el santo. En estas palabras encontramos una enseñanza de permanente actualidad. Las riquezas, consideradas en sí mismas, son bienes materiales que pueden emplearse para fines buenos: sostener a la familia, ayudar al necesitado, promover la educación y contribuir al bien común. El problema aparece cuando dejan de ser un medio y se convierten en el fin último de nuestra existencia.
El hombre que vive obsesionado con acumular posesiones termina sometido a aquello que desea dominar. Nunca tiene suficiente, vive preocupado por conservar lo que posee y mide su propia dignidad según sus bienes. El oro, que debía estar a su servicio, se transforma entonces en su amo.
Creados para algo más grande
San Agustín nos recuerda que Dios ha hecho el oro, pero también nos ha creado a nosotros. Existe, por tanto, una diferencia fundamental entre el valor de las cosas materiales y la dignidad de la persona humana. El oro pertenece al orden de los bienes terrenos; el ser humano, en cambio, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, llamado a conocerlo, amarlo y participar de su vida divina.
Por eso, esclavizarse a las riquezas supone invertir el orden de la creación: significa colocar un bien inferior por encima de nuestra vocación más elevada. Jesús mismo advierte: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24).
Esta enseñanza no exige despreciar todos los bienes materiales ni considerar pecaminosa su posesión. Nos invita, más bien, a utilizarlos con sabiduría, justicia y generosidad, sin permitir que ocupen el lugar que corresponde exclusivamente a Dios.
La verdadera libertad
La auténtica riqueza no consiste en poseer mucho, sino en saber utilizar lo que tenemos sin convertirnos en esclavos de ello. Quien posee bienes y conserva un corazón libre puede compartir, ayudar y practicar la caridad. Quien, por el contrario, está dominado por la codicia termina empobreciéndose interiormente, aunque sus arcas estén llenas.
La advertencia de san Agustín nos invita, finalmente, a examinar nuestra conciencia: ¿poseemos nuestras riquezas o son ellas las que nos poseen?
Dios nos ha creado para Él. Ningún bien material puede sustituirlo, y ninguna riqueza terrena puede compararse con la dignidad de una persona llamada a la eternidad. Como recuerda san Pablo, «la raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Tim 6, 10). La verdadera sabiduría consiste en disfrutar de los bienes temporales con gratitud, utilizarlos para el bien y mantener el corazón libre para amar a Dios sobre todas las cosas.
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