LA TRANSFIGURACIÓN, UNA EXPERIENCIA DE ORACIÓN

LA TRANSFIGURACIÓN, UNA EXPERIENCIA DE ORACIÓN
Benedicto XVI, Ángelus del 8 de marzo de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Durante los días pasados, como sabéis, hice los ejercicios espirituales juntamente con mis colaboradores de la Curia romana. Fue una semana de silencio y de oración: la mente y el corazón pudieron dedicarse totalmente a Dios, a la escucha de su Palabra y a la meditación de los misterios de Cristo. Con las debidas proporciones, es algo así como lo que les sucedió a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, cuando Jesús los llevó a ellos solos a un monte alto, en un lugar apartado, y mientras oraba se «transfiguró»: su rostro y su persona se volvieron luminosos, resplandecientes.

La liturgia vuelve a proponer este célebre episodio precisamente hoy, segundo domingo de Cuaresma (cf. Mc 9,2-10). Jesús quería que sus discípulos, de modo especial los que tendrían la responsabilidad de guiar a la Iglesia naciente, experimentaran directamente su gloria divina, para afrontar el escándalo de la cruz. En efecto, cuando llegue la hora de la traición y Jesús se retire a rezar a Getsemaní, tomará consigo a los mismos Pedro, Santiago y Juan, pidiéndoles que velen y oren con él (cf. Mt 26,38). Ellos no lo lograrán, pero la gracia de Cristo los sostendrá y les ayudará a creer en la resurrección.

Quiero subrayar que la Transfiguración de Jesús fue esencialmente una experiencia de oración (cf. Lc 9,28-29). En efecto, la oración alcanza su culmen, y por tanto se convierte en fuente de luz interior, cuando el espíritu del hombre se adhiere al de Dios y sus voluntades se funden como formando una sola cosa. Cuando Jesús subió al monte, se sumergió en la contemplación del designio de amor del Padre, que lo había mandado al mundo para salvar a la humanidad. Junto a Jesús aparecieron Elías y Moisés, para significar que las Sagradas Escrituras concordaban en anunciar el misterio de su Pascua, es decir, que Cristo debía sufrir y morir para entrar en su gloria (cf. Lc 24,26.46). En aquel momento Jesús vio perfilarse ante él la cruz, el extremo sacrificio necesario para liberarnos del dominio del pecado y de la muerte. Y en su corazón, una vez más, repitió su «Amén». Dijo «sí», «heme aquí», «hágase, oh Padre, tu voluntad de amor». Y, como había sucedido después del bautismo en el Jordán, llegaron del cielo los signos de la complacencia de Dios Padre: la luz, que transfiguró a Cristo, y la voz que lo proclamó «Hijo amado» (Mc 9,7).

Juntamente con el ayuno y las obras de misericordia, la oración forma la estructura fundamental de nuestra vida espiritual. Queridos hermanos y hermanas, os exhorto a encontrar en este tiempo de Cuaresma momentos prolongados de silencio, posiblemente de retiro, para revisar vuestra vida a la luz del designio de amor del Padre celestial. En esta escucha más intensa de Dios dejaos guiar por la Virgen María, maestra y modelo de oración. Ella, incluso en la densa oscuridad de la pasión de Cristo, no perdió la luz de su Hijo divino, sino que la custodió en su alma. Por eso, la invocamos como Madre de la confianza y de la esperanza.

[Después del Ángelus] La fecha de hoy -8 de marzo, Día internacional de la mujer– nos invita a reflexionar sobre la condición de la mujer y a renovar nuestro compromiso para que siempre y por doquier toda mujer pueda vivir y manifestar en plenitud sus capacidades, obteniendo pleno respeto a su dignidad. En este sentido se han expresado el concilio Vaticano II y el magisterio pontificio, en particular la carta apostólica Mulieris dignitatem, del siervo de Dios Juan Pablo II. Sin embargo, los testimonios de los santos tienen más valor que los documentos; y nuestra época ha tenido el de la madre Teresa de Calcuta: humilde hija de Albania, se convirtió, por la gracia de Dios, en ejemplo para todo el mundo en el ejercicio de la caridad y en el servicio de la promoción humana. ¡Cuántas otras mujeres trabajan cada día, de forma oculta, por el bien de la humanidad y por el reino de Dios! Aseguro hoy mi oración por todas las mujeres, para que se respete cada vez más su dignidad y se valoren sus potencialidades positivas.

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