Sábado de la V semana de Pascua

9 de mayo de 2026

Hechos 16, 1-10 Salmo 99, 2. 3. 5 Juan 15, 18-21

Sábado de la V semana de Pascua

El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo

“Si el mundo os odia…”

El Evangelio de Evangelio según San Juan 15, 18-21 contiene una de las advertencias más serias y luminosas de Cristo. El Señor no promete aplausos a quienes le siguen; promete comunión con Él. Y esa comunión incluye también participar de sus rechazos, de sus heridas y de la incomprensión del mundo.

Jesús dice:

“Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí.”

Aquí no habla de un odio superficial ni de simples desacuerdos humanos. En lenguaje bíblico, “el mundo” significa la mentalidad cerrada a Dios: el orgullo que no quiere obedecer, la soberbia que no quiere convertirse, el corazón que ama más las tinieblas que la luz.

La doctrina católica enseña que el discípulo no puede separarse de su Maestro. Quien pertenece verdaderamente a Cristo comienza a vivir según otra lógica: la verdad antes que la conveniencia, la pureza antes que el placer desordenado, la caridad antes que el egoísmo. Y esa vida, silenciosamente, se vuelve incómoda para el espíritu del mundo.

Santo Tomás de Aquino explica que el odio contra los justos nace muchas veces porque la virtud misma denuncia el pecado. No siempre hacen falta palabras; una vida fiel puede convertirse en un reproche silencioso para quien no quiere cambiar. Por eso Cristo fue perseguido: su sola presencia revelaba las tinieblas escondidas en los corazones.

Sin embargo, Jesús no habla estas palabras para sembrar miedo, sino fortaleza. El cristiano no debe buscar persecuciones ni vivir con amargura. La Iglesia jamás ha enseñado un desprecio hacia el mundo creado por Dios. Lo que debe rechazarse es el espíritu del pecado. El discípulo de Cristo está llamado a amar incluso a quienes le rechazan.

Hay algo profundamente consolador en este pasaje: cuando el creyente sufre por permanecer fiel a Cristo, no está abandonado. Está unido al mismo camino del Señor. El rechazo soportado por amor a Dios puede convertirse en participación en la Cruz redentora.

Santo Tomás observa también que Cristo añade:

“No sois del mundo, pues yo os elegí del mundo.”

La elección divina no destruye la libertad humana, pero la eleva. El cristiano vive en medio del mundo, trabaja, ama, construye, sirve; pero ya no pertenece interiormente al dominio del pecado. Su ciudadanía más profunda está en el Reino de Dios.

Y luego el Señor recuerda:

“Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros.”

Estas palabras han acompañado a mártires, misioneros, monjes escondidos, madres fieles, sacerdotes perseguidos y cristianos silenciosos de todos los siglos. A veces la persecución es sangrienta; otras veces adopta formas más sutiles: burla, aislamiento, presión social o desprecio por la fe.

Pero el Evangelio no termina en el odio. Cristo habla estas cosas durante la Última Cena, pocas horas antes de entregar su vida. El amor sigue siendo el centro. El discípulo no vence odiando de vuelta, sino permaneciendo unido a la Vid verdadera.

La fidelidad cristiana no consiste en triunfar ante el mundo, sino en no apartarse de Cristo cuando el mundo deja de aplaudir.

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