10 de mayo de 2026
Hechos 8, 5-8. 14-17 Salmo 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20 1 Pedro 3, 15-18 Juan 14, 15-21
VI Domingo de Pascua
Las obras del Señor son admirables. Aleluya
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”
El pasaje de Evangelio según San Juan 14, 15-21 pertenece al discurso de despedida de Cristo durante la Última Cena. Son palabras llenas de ternura, pero también de una profundidad doctrinal inmensa. Jesús revela aquí el verdadero rostro del amor cristiano: un amor que no se queda en emociones pasajeras, sino que se convierte en obediencia, comunión y presencia divina.
El Señor comienza diciendo:
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.”
La doctrina católica enseña que el amor a Dios no es solo sentimiento interior. Amar a Cristo implica adherirse a su voluntad. El verdadero amor transforma la vida concreta: cambia decisiones, purifica intenciones y ordena el corazón hacia el bien.
Santo Tomás de Aquino explica que el amor auténtico siempre tiende a unirse al amado. Por eso quien ama a Cristo desea vivir según Cristo. No se trata de obedecer como esclavos temerosos, sino como hijos que quieren permanecer cerca del Padre.
Jesús promete luego:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Paráclito.”
Aquí aparece uno de los grandes misterios de la fe cristiana: la acción del Espíritu Santo. Cristo anuncia que no dejará huérfanos a sus discípulos. Aunque ascienda al Padre, permanecerá espiritualmente en ellos por medio del Espíritu.
La Iglesia enseña que el Espíritu Santo santifica el alma, ilumina la inteligencia, fortalece contra el pecado y conduce hacia la verdad completa. No es una fuerza impersonal, sino Dios mismo habitando en el creyente.
Santo Tomás reflexiona que el Espíritu es llamado “Consolador” porque sostiene interiormente al alma en medio de las pruebas. El mundo ofrece consuelos pasajeros; el Espíritu ofrece una paz que nace de la presencia de Dios.
Jesús añade:
“El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce.”
El problema no es falta de inteligencia, sino cierre del corazón. El mundo dominado por el pecado no reconoce las cosas de Dios porque vive orientado solo a lo visible y temporal. El Espíritu Santo actúa especialmente en las almas humildes y abiertas a la gracia.
Luego Cristo pronuncia una frase profundamente conmovedora:
“No os dejaré huérfanos.”
Toda la espiritualidad cristiana podría descansar en esa promesa. El creyente puede atravesar oscuridades, persecuciones o silencios interiores, pero nunca está abandonado. Cristo permanece cercano incluso cuando no se siente sensiblemente su presencia.
La tradición católica ve aquí también un anuncio de la vida sacramental de la Iglesia. Jesús permanece vivo entre los suyos especialmente en la Eucaristía, en su Palabra y en la acción del Espíritu Santo.
Finalmente dice:
“El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama.”
Cristo vuelve una y otra vez al mismo punto: el amor verdadero produce fidelidad. No basta admirar a Jesús, emocionarse con Él o hablar de Él; el discípulo auténtico procura vivir según su verdad.
Y entonces llega la promesa final:
“Yo lo amaré y me manifestaré a él.”
Santo Tomás explica que esta manifestación no es principalmente corporal, sino espiritual: Cristo se deja conocer más profundamente por el alma que vive en gracia. Hay una intimidad con Dios que el mundo no comprende, porque nace de la amistad divina.
Este Evangelio revela que la vida cristiana no consiste solo en creer doctrinas, sino en vivir una comunión real con la Trinidad. El Padre ama, el Hijo redime y el Espíritu Santo habita en el corazón fiel. Allí comienza, incluso en esta vida, el anticipo del cielo.
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