14 de septiembre
Exaltación de la santa Cruz
Números 21:4-9 Filipenses 2:6-11 Salmos 78:1-2, 34-38 Juan 3:13-17
El Amor de Dios y la Vida Eterna a Través de la Cruz
“Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Juan 3:16).

En el Evangelio de Juan, que tenemos para hoy, encontramos una de las declaraciones más profundas y conmovedoras del amor de Dios hacia la humanidad. Jesús, en una conversación con Nicodemo, revela verdades eternas que resuenan a través de los siglos.
Jesús comienza afirmando su origen divino: “Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre.” Con estas palabras, Jesús establece su autoridad celestial y su conexión única con Dios Padre. No es simplemente un maestro o profeta; es el Hijo de Dios que ha venido a la tierra con un propósito divino.
Luego, y de suma importancia para la festividad que celebramos hoy, la exaltación de la santa Cruz, Jesús hace referencia al Antiguo Testamento al recordar cómo Moisés levantó una serpiente de bronce en el desierto para sanar a los israelitas. De manera similar, Jesús debe ser elevado en la cruz para que todos los que lo miren con fe puedan alcanzar la salvación. Este acto de ser “elevado” no es simplemente un acontecimiento histórico, sino un símbolo de la salvación disponible para todos.
El versículo 16 es universalmente reconocido como uno de los pasajes más memorables de la Biblia: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.» Aquí, el amor de Dios se manifiesta en su forma más pura y sacrificial. Dios no retuvo a su propio Hijo, sino que lo entregó por amor a nosotros, para que a través de la fe en Él, podamos tener vida eterna. La Cruz es el epicentro de la salvación, ya que como Jesús tuvo que morir en la cruz para resucitar a la vida eterna, de la misma manera nosotros encontramos redención a través de su sacrificio.
Finalmente, Jesús aclara con contundencia su misión: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” La venida de Jesús no tuvo por objetivo juzgar, sino ofrecer una vía de escape del juicio. Su misión es redentora, no condenatoria. No obstante, es importante recordar que aquel que rechace la misericordia enfrentará un juicio, un juicio justo y merecido.
Este pasaje nos invita a contemplar el inmenso amor de Dios y su plan de salvación. Nos recuerda que la fe en Jesús es el camino hacia la vida eterna y que su sacrificio en la cruz es el acto supremo de amor y redención. Nos desafía a vivir con gratitud y fe, reconociendo el regalo inestimable que hemos recibido.

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