“¿Quién dicen los hombres que soy yo?”

15 de septiembre

24to domingo de T. Ordinario

Isaías 50:4-9 Santiago 2:14-18 Salmos 116:1-6, 8-9 Marcos 8:27-35

“¿Quién dicen los hombres que soy yo?”

«Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad» (Marcos 8:31-32).

El evangelio traído por San Marcos 8:27-35 es de gran importancia, ya que Jesús interroga a sus discípulos acerca de su identidad y posteriormente les imparte enseñanzas sobre el verdadero significado del discipulado.

Jesús y sus discípulos se encuentran en los alrededores de Cesarea de Filipo cuando Jesús les plantea la pregunta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» Los discípulos mencionan lo que dice la mayoría o la «opinión pública»: Juan el Bautista, Elías o uno de los profetas. Luego, Jesús les consulta directamente: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro responde con confianza: «Tú eres el Cristo». Es notable que Jesús enfatiza la importancia de que cada uno de sus discípulos responda y no la masa y colectivos, contrastando la verdad con las simples opiniones.

Esta confesión de Pedro es un reconocimiento crucial de la identidad mesiánica de Jesús, es decir, el salvador enviado por Dios para la redención de la humanidad. Sin embargo, la comprensión de Pedro sobre lo que significa ser el Mesías aún es incompleta, como se verá en los siguientes versículos.

Jesús comienza a enseñarles que el Hijo del Hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser muerto y resucitar al tercer día. Pedro, incapaz de aceptar esta visión del Mesías sufriente, reprende a Jesús. Jesús, a su vez, reprende a Pedro diciendo: «¡Apártate de mí, Satanás! Porque no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres».

Aquí, Jesús redefine lo que significa ser el Mesías. No es un líder político o militar que liberará a Israel de la opresión romana o de cualquier opresión humana, sino un siervo sufriente que redimirá a la humanidad a través de su sufrimiento y muerte. La reprensión de Pedro muestra cómo incluso los seguidores más cercanos de Jesús pueden -y de hecho, malinterpretan su misión.

Jesús llama a la multitud y a sus discípulos y les dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará».

El llamado al discipulado es radical y desafiante. Seguir a Jesús implica un compromiso total, que incluye la disposición a sufrir y a sacrificar la propia vida. Este pasaje subraya la paradoja del Evangelio: la verdadera vida se encuentra en la entrega y el sacrificio, no en la autopreservación.

Este pasaje nos desafía a reflexionar sobre nuestra comprensión de Jesús y lo que implica seguirlo de manera auténtica. Debemos estar dispuestos a abrazar el camino del sufrimiento y la cruz, en lugar de buscar un Mesías que se adapte a nuestras expectativas y deseos. La llamada de Jesús es a una vida de entrega y servicio, en la certeza de que a través de la cruz encontramos la verdadera plenitud. Asimismo, es crucial comprender que Jesús es el único camino hacia la redención. Dios se revela en Jesucristo, el Verbo encarnado, siendo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo una única divinidad.

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