6 de abril
5to domingo de Cuaresma
Isaías 43:16-21 Filipenses 3:8-14 Salmos 126:1-6 Juan 8:1-11
Vete, No Peques Más
Jesús “inclinándose nuevamente, escribió en el suelo” (Juan 8:8).
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Juan 8:1-11, el relato de la mujer sorprendida en adulterio, es uno de los pasajes más conmovedores del Evangelio, que desde la doctrina católica nos revela la infinita misericordia de Cristo, su autoridad sobre el pecado y su invitación a la conversión. Este episodio, ambientado en el templo mientras Jesús enseña, pone en escena el contraste entre la justicia humana, a menudo dura y acusadora, y la justicia divina, que busca redimir y restaurar.
El texto comienza con los escribas y fariseos trayendo a una mujer «sorprendida en adulterio» y poniéndola ante Jesús para tenderle una trampa: «¿Qué dices tú?». Citando la Ley de Moisés, que prescribe la lapidación (Lv 20:10; Dt 22:22), buscan acusarlo ya sea de violar la Ley o de contradecir la autoridad romana, que reservaba la pena de muerte. Jesús, en silencio inicial, escribe en la tierra —un gesto cuya interpretación ha intrigado a los Padres de la Iglesia—. San Agustín sugiere que podría simbolizar la humildad de Cristo, quien, siendo Dios, se inclina ante la miseria humana, mientras que otros, como San Jerónimo, ven en ello una alusión a los pecados de los acusadores, que pronto serán confrontados.
La respuesta de Jesús, «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra», es un rayo de luz divina que atraviesa la hipocresía. No niega la Ley, sino que la eleva a su verdadero espíritu: la justicia debe ir unida a la misericordia. Desde la fe católica, esto refleja la enseñanza del Catecismo (n. 1847) sobre la gracia, que «no suprime la justicia, sino que la lleva a su plenitud». Jesús no aprueba el pecado, pero tampoco condena a la persona; expone la universalidad del pecado —»todos han pecado» (Rom 3:23)— y desarma la arrogancia de quienes se erigen en jueces. Uno a uno, los acusadores se retiran, «comenzando por los más viejos», un detalle que sugiere que la experiencia de vida les hace más conscientes de sus propias faltas.
El diálogo final con la mujer es el corazón del pasaje: «¿Nadie te ha condenado? (…) Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más». Aquí vemos la esencia del Evangelio: Cristo, el Juez justo, no vino a condenar, sino a salvar (Jn 3:17). El Catecismo (n. 1421) conecta esta escena con el sacramento de la Reconciliación, donde el pecador encuentra el perdón de Dios y la exhortación a una vida nueva. Santo Tomás de Aquino, en su comentario, destaca que Jesús, siendo sin pecado, tenía el derecho de condenar, pero eligió la misericordia, mostrando que su poder se manifiesta en el amor que redime.
Juan 8:1-11 nos enseña varias verdades profundas. Primero, la dignidad de la persona, incluso en su fragilidad: Jesús no humilla a la mujer, sino que la levanta con respeto. Segundo, la llamada universal a la conversión: el «no peques más» no es una mera advertencia, sino una invitación a participar en la vida de gracia que Él ofrece. Tercero, la humildad ante nuestro propio pecado, pues, como dice San Juan Pablo II en Reconciliatio et Paenitentia (n. 16), «la Iglesia no puede olvidar que también ella está formada por pecadores».
Este pasaje nos interpela hoy: ¿Somos rápidos para juzgar o buscamos imitar la misericordia de Cristo? Nos recuerda que la justicia de Dios no destruye, sino que restaura, y que su perdón siempre va acompañado de un llamado a la santidad. En el silencio de Jesús que escribe en la tierra y en su palabra liberadora, encontramos al Salvador que, con paciencia y amor, nos invita a dejar el pecado y a caminar en su luz.
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