20 de mayo
san Bernardino de Siena
Hechos 14:19-28 Salmos 145:10-13, 21 Juan 14:27-31
La Paz de Cristo
“Les dejó la paz, les doy Mi paz, pero no como la da el mundo” (Juan 14:27).
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El pasaje de Juan 14:27-31, parte del discurso de despedida de Jesús en la Última Cena, nos presenta un momento de profunda intimidad y consuelo para los discípulos. Jesús, sabiendo que su hora se acerca, les deja su paz, les habla de su partida al Padre y los prepara para enfrentar al “príncipe de este mundo”. Este texto, cargado de esperanza y tensión espiritual, nos invita a meditar sobre la paz de Cristo, la obediencia al Padre y la victoria sobre el mal, iluminados por la doctrina católica y las enseñanzas de los Padres de la Iglesia.
La paz de Cristo, un don divino
Jesús comienza diciendo: “La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo” (Jn 14:27). Esta paz no es la ausencia de conflictos, sino un don sobrenatural que brota de la unión con Dios. La doctrina católica nos enseña que la verdadera paz es fruto de la reconciliación con Dios, lograda por Cristo en la cruz (CIC 2305). San Agustín, en su comentario sobre este evangelio, señala: “La paz que Cristo da es la tranquilidad del alma que descansa en Dios, no en las cosas perecederas del mundo” (In Ioannis Evangelium Tractatus, 77). Para Agustín, esta paz interior es un reflejo de la vida eterna, un anticipo del Reino que comienza en el corazón del creyente. Frente a las turbaciones del mundo, Jesús exhorta: “No se turben ni se acobarden”, invitándonos a confiar en su presencia constante.
La partida de Jesús y su unión con el Padre
Jesús continúa: “Si me amaran, se alegrarían de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo” (Jn 14:28). Aquí se revela la humildad del Hijo, que, siendo igual al Padre en su naturaleza divina, se somete a Él en su misión redentora. La teología católica interpreta este versículo como una afirmación de la economía de la salvación: Jesús, en su humanidad, se somete al Padre para cumplir su voluntad (CIC 517). San Cirilo de Alejandría explica: “El Hijo no es inferior al Padre en su divinidad, pero en su encarnación se hace obediente, mostrando la perfecta unidad de voluntad con el Padre” (Comentario al Evangelio de Juan). Esta obediencia es modelo para los cristianos: amar a Cristo implica aceptar su plan, incluso cuando implica la cruz.
La victoria sobre el príncipe de este mundo
Jesús anuncia: “El príncipe de este mundo ya viene, pero no tiene poder sobre mí” (Jn 14:30). El “príncipe de este mundo” es Satanás, el adversario que busca apartarnos de Dios. Sin embargo, Jesús afirma su victoria, pues el maligno “no tiene poder” sobre Él. La doctrina católica nos recuerda que Cristo, mediante su pasión y resurrección, ha vencido definitivamente al pecado y a la muerte (CIC 2853). San Juan Crisóstomo reflexiona: “El diablo no encontró en Cristo nada que le perteneciera, pues Cristo es sin pecado. Su obediencia al Padre es su arma contra el maligno” (Homilías sobre Juan). Esta victoria nos asegura que, unidos a Cristo, también nosotros podemos resistir las tentaciones del maligno, fortalecidos por la gracia de los sacramentos.
El amor y la obediencia como camino
Jesús concluye: “Hago lo que el Padre me ha mandado, para que el mundo sepa que amo al Padre” (Jn 14:31). Su obediencia es un testimonio de amor, un amor que se entrega hasta el extremo. San Gregorio Magno subraya: “Cristo nos enseña que el verdadero amor a Dios se manifiesta en la obediencia, incluso cuando lleva al sacrificio” (Homilías sobre los Evangelios). Para los cristianos, este pasaje nos llama a imitar a Jesús: nuestro amor a Dios debe traducirse en una vida de obediencia a su voluntad, especialmente en los momentos de prueba.
Aplicación a nuestra vida
Juan 14:27-31 nos invita a acoger la paz de Cristo como un don que nos sostiene en las tormentas de la vida. Nos llama a confiar en el plan del Padre, incluso cuando no lo entendemos, y a vivir en la certeza de que el mal no tiene la última palabra. Los Padres de la Iglesia nos exhortan a cultivar esta paz mediante la oración, la confianza y la obediencia, sabiendo que Cristo ha vencido al mundo. Como dice San Ignacio de Antioquía: “Nada os turbe, pues Cristo es nuestra fortaleza” (Carta a los Efesios). Que nuestra vida sea un testimonio de este amor obediente, reflejando la victoria de Cristo sobre el mal.
Oración final
Señor Jesús, que nos has dejado tu paz y has vencido al príncipe de este mundo, concédenos la gracia de vivir en tu amor y obediencia. Que tu Espíritu nos fortalezca para no turbarnos ante las pruebas, y que, siguiendo tu ejemplo, amemos al Padre con todo nuestro ser. Por tu santo nombre, te lo pedimos. Amén.
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