29 de mayo
Papa san Pablo VI
Hechos 18:1-8 Salmos 98:1-4 Juan 16:16-20
la fe no mira a lo que se ve, sino a lo que no se ve
“Muchos habitantes de Corinto, que habían escuchado a Pablo, abrazaron la fe y se hicieron bautizar” (Hechos 18:8).
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El pasaje de Juan 16:16-20 nos sumerge en un momento de profunda intimidad entre Jesús y sus discípulos, en el umbral de su Pasión. Las palabras de Cristo, “Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, resuenan con un eco de misterio y promesa, desconcertando a los discípulos, que murmuran entre sí, incapaces de descifrar el sentido de tan enigmática afirmación.
Jesús, en su anuncio, prepara a los discípulos para la experiencia de la ausencia temporal que supondrá su muerte, seguida de la alegría indescriptible de su Resurrección. “Lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo se alegrará; estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16:20). Estas palabras revelan la paradoja central del cristianismo: el sufrimiento, cuando se abraza en unión con Cristo, no es estéril, sino fecundo; no es el fin, sino el camino hacia una alegría más profunda. La fe católica nos enseña que la Cruz es el instrumento de redención, el medio por el cual el Verbo encarnado transforma el dolor humano en un acto de amor eterno. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, “la Cruz es el único sacrificio de Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres” (CIC 618). En este sentido, la tristeza de los discípulos no es un fin en sí misma, sino un paso necesario hacia la plenitud de la vida en Dios.
Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologiae, reflexiona sobre la relación entre el sufrimiento y la gloria, señalando que la Pasión de Cristo no solo fue necesaria para la redención, sino que también es un modelo para los fieles. En su tratado sobre la Pasión (ST III, q. 46, a. 3), el Doctor Angélico explica que Cristo asumió el sufrimiento no por carencia, sino por exceso de amor, para cumplir la voluntad del Padre y reconciliar a la humanidad con Dios. Así, las palabras de Jesús en Juan 16:16-20 no solo anticipan su propia Pasión y Resurrección, sino que también invitan a los discípulos a participar en este misterio. La “poca” ausencia de Cristo, su aparente desaparición, es un momento de purificación para los discípulos, un tiempo en el que su fe es probada y fortalecida. Como señala Santo Tomás, la fe crece en la oscuridad de la prueba, pues “la fe no mira a lo que se ve, sino a lo que no se ve” (ST II-II, q. 1, a. 4). Los discípulos, al experimentar la tristeza de la Cruz, son preparados para recibir la alegría de la Resurrección, que trasciende toda expectativa humana.
El contraste entre la tristeza de los discípulos y la alegría del mundo, como describe Jesús, refleja también la tensión entre la lógica divina y la lógica mundana. El mundo, que rechaza a Cristo, se regocija en su aparente derrota en la Cruz, pero esta alegría es efímera, pues carece de la verdad. Los discípulos, en cambio, están llamados a una alegría sobrenatural, que nace de la certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Santo Tomás, al hablar de la virtud de la esperanza (ST II-II, q. 17), subraya que el objeto de la esperanza cristiana no es una felicidad pasajera, sino la unión eterna con Dios. En este pasaje, Jesús promete que la tristeza de los discípulos “se convertirá en gozo”, un gozo que nadie podrá arrebatarles, porque está fundado en la realidad de la Resurrección y en la presencia del Espíritu Santo, que los guiará a la verdad plena (Jn 16:13).
La imagen que Jesús utiliza, comparando el dolor de los discípulos con el de una mujer en trabajo de parto (Jn 16:21, aunque no incluido directamente en los versículos citados, pero implícito en el contexto), es profundamente significativa. La doctrina católica ve en esta metáfora una alusión al nacimiento de la nueva creación a través de la Pasión y Resurrección de Cristo. Santo Tomás, en su comentario al Evangelio de Juan (Super Ioannem, c. 16, lect. 4), destaca que el sufrimiento de la Cruz es como el dolor de parto: pasajero, pero necesario para dar a luz la vida eterna. La madre, al ver a su hijo, olvida el dolor por la alegría del nacimiento; de igual modo, los discípulos, al ver a Cristo resucitado, experimentarán un gozo que eclipsará toda tristeza. Este gozo no es meramente emocional, sino teologal, pues está anclado en la unión con Dios, que es la beatitudo última, como enseña Santo Tomás (ST I-II, q. 3, a. 8).
En nuestra vida, este pasaje nos interpela a abrazar las “pequeñas ausencias” de Cristo en nuestras propias cruces, confiando en que Él está presente incluso en la oscuridad. La doctrina católica nos recuerda que el sufrimiento, cuando se ofrece en unión con Cristo, se convierte en un acto de amor redentor. Como los discípulos, podemos sentir desconcierto o tristeza ante las pruebas, pero la promesa de Jesús permanece: nuestra tristeza se transformará en gozo. Santo Tomás nos invita a vivir estas pruebas con esperanza, sabiendo que “todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rom 8:28, citado en ST I-II, q. 5, a. 3). Así, Juan 16:16-20 nos llama a perseverar en la fe, a confiar en la presencia invisible de Cristo y a esperar con alegría la plenitud de su Reino, donde “ya no habrá llanto ni dolor” (Ap 21:4), sino solo la visión beatífica de Aquel que es nuestro gozo eterno.
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