5 de junio
san Bonifacio
Novena de Pentecostés — Día 7
Hechos 22:30; 23:6-11 Salmos 16:1-2, 5, 7-11 Juan 17:20-26
Unidad
“Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me enviaste” (Juan 17:21).
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El pasaje de Juan 17:20-26, parte de la oración sacerdotal de Jesús, es un texto profundamente teológico y espiritual que nos invita a contemplar el corazón de Cristo en su deseo de unidad y comunión para sus discípulos y para todos los que creerán en Él. Desde la perspectiva de la doctrina católica y las reflexiones de santo Tomás de Aquino, este pasaje revela la esencia de la vida trinitaria, la misión redentora de Cristo y la vocación de la Iglesia a participar en la comunión divina.
En Juan 17:20-26, Jesús ora no solo por sus discípulos inmediatos, sino por todos los que, a través de su palabra, creerán en Él: «No ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en mí por su palabra» (Jn 17:20). Esta intercesión universal refleja el amor de Cristo por toda la humanidad y su deseo de que todos participen en la unidad que Él comparte con el Padre. Esta oración subraya la misión de la Iglesia como un cuerpo unificado, cuya unidad no es meramente humana, sino un reflejo de la comunión trinitaria. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 787) nos recuerda que la Iglesia es el pueblo de Dios, unido en Cristo, y esta unidad tiene su origen y fin en la Trinidad.
Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de Juan (Super Ioannem), destaca que la unidad pedida por Cristo es tanto un don divino como una tarea para los fieles. Para Aquino, la unidad de los creyentes es una participación en la unidad de la Trinidad, que es perfecta en su amor y esencia. Jesús pide: «Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Jn 17:21). Según santo Tomás, esta unidad no implica una confusión de naturalezas, sino una unión de voluntades y corazones orientados hacia Dios. En su Summa Theologiae (I, q. 39, a. 8), Aquino explica que la unidad de la Trinidad es la fuente de toda comunión, y la oración de Jesús busca que los discípulos sean elevados a esta comunión divina por la gracia. La unidad de la Iglesia, por tanto, no es un fin en sí misma, sino un medio para manifestar al mundo la verdad de la misión de Cristo: «Que sean uno para que el mundo crea» (Jn 17:21).
Además, el pasaje resalta el amor de Cristo como el vínculo que une a los creyentes con Dios y entre sí. Jesús ora: «Les he dado a conocer tu nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos» (Jn 17:26). Aquí, santo Tomás subraya que el conocimiento del nombre de Dios, que Cristo revela, no es solo intelectual, sino un conocimiento amoroso que transforma la vida del creyente. En su tratado sobre la caridad (Summa Theologiae II-II, q. 23-26), Aquino enseña que el amor divino, infundido en nosotros por el Espíritu Santo, nos hace partícipes de la vida de Dios. Este amor es el que Cristo desea que habite en sus discípulos, un amor que refleja la relación eterna entre el Padre y el Hijo.
Desde la doctrina católica, este pasaje también nos invita a reflexionar sobre la dimensión eclesial y escatológica de la oración de Jesús. La unidad que Cristo pide no se limita a una armonía terrenal, sino que apunta a la consumación final en la gloria: «Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria» (Jn 17:24). Santo Tomás interpreta este versículo como una expresión del deseo de Cristo de que los fieles alcancen la visión beatífica, contemplando la gloria divina en la eternidad. En su Summa (III, q. 57, a. 6), Aquino explica que la gloria de Cristo, que Él comparte con el Padre desde la eternidad, es el fin último de la humanidad redimida. La oración de Jesús, por tanto, no solo busca la santificación de los discípulos en esta vida, sino su plena participación en la vida divina en la otra.
En conclusión, Juan 17:20-26 nos presenta el corazón de la misión de Cristo: unir a la humanidad con Dios y entre sí en un amor que refleja la vida trinitaria. Desde la perspectiva de santo Tomás de Aquino, esta unidad es un don de la gracia divina que exige nuestra cooperación activa, viviendo en caridad y verdad. La oración de Jesús nos llama a ser testigos de su amor en el mundo, para que, a través de la unidad de la Iglesia, el mundo crea. Al meditar en estas palabras, somos invitados a profundizar en nuestra vocación de ser uno en Cristo, participando en su amor eterno y anticipando la gloria que nos espera en la comunión perfecta con Dios.
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