Agosto 23, 2025
Rut 2, 1-3. 8-11; 4, 13-17 Salmo 127, 1-2. 3. 4-5 Mateo 23, 1-12
Sábado del XX semana del Tiempo ordinario
Dichoso el hombre que teme al Señor
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En este pasaje del Evangelio según san Mateo, Jesús se dirige a la multitud y a sus discípulos para advertirles sobre la conducta de los escribas y fariseos. Aunque reconoce que ellos están sentados en la cátedra de Moisés —es decir, tienen autoridad legítima para enseñar la ley—, les exhorta a no imitar su comportamiento, ya que no practican lo que predican. Imponen cargas pesadas a los demás, pero ellos no mueven un dedo para aliviarlas; actúan más por apariencia que por auténtica piedad, buscando los primeros puestos y los saludos honoríficos.
Desde una perspectiva de la doctrina católica, este pasaje ilumina la distinción entre la autoridad legítima y el uso moral de esa autoridad. Cristo no rechaza la enseñanza de la ley, sino la hipocresía de sus representantes. La Iglesia enseña que el magisterio debe ser ejercido con humildad, en coherencia con la vida del que enseña, y siempre en caridad y servicio. La verdadera autoridad cristiana no se fundamenta en los honores externos, sino en el servicio, siguiendo el ejemplo de Cristo, que «no vino a ser servido, sino a servir».
Santo Tomás de Aquino, en su comentario a este texto, subraya que Cristo no manda despreciar la doctrina de la ley mosaica mientras aún estaba en vigor, sino que denuncia la incoherencia moral de los que la enseñaban. El Aquinate explica que el escándalo no viene de la ley misma, sino del mal ejemplo de quienes deberían ser modelos. De ahí su célebre principio: “No es el oficio lo que santifica al hombre, sino el hombre el que debe santificar su oficio.” Así, si alguien tiene un cargo de autoridad —en la Iglesia o en la sociedad—, debe procurar vivir con virtud para no caer en la contradicción.
Además, Santo Tomás reflexiona sobre la humildad como base del verdadero seguimiento de Cristo. Cuando Jesús dice: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”, el Doctor Angélico recuerda que la humildad es la virtud que permite al hombre reconocer la verdad sobre sí mismo: su pequeñez ante Dios, su necesidad de la gracia, y su vocación al servicio. El verdadero maestro cristiano no busca que lo llamen Rabí, ni Padre, ni Guía, sino que conduce a otros hacia Cristo, que es el único Maestro, Padre y Guía absoluto.
En suma, este pasaje no solo es una crítica a la hipocresía, sino una enseñanza positiva sobre el modo en que debe ejercerse la autoridad en la comunidad cristiana: con humildad, coherencia y servicio. Cristo, como modelo de toda autoridad, se abajó hasta lavar los pies de sus discípulos. A ejemplo suyo, la Iglesia llama a todos sus miembros —y especialmente a quienes tienen tareas de liderazgo— a vivir con autenticidad, con espíritu de servicio, y con el anhelo de que Dios sea glorificado en todo.
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