Enseñanzas de Jesús sobre la Falsa Religiosidad

Agosto 25, 2025

1 Tesalonicenses 1, 1-5. 8b-10 Del Salmo 149 Mateo 23, 13-22

Lunes de la XXI semana del Tiempo ordinario

El Señor es amigo de su pueblo

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En Mateo 23, 13-22, Jesús dirige unas palabras severas a los escribas y fariseos, denunciando su hipocresía y su falsa religiosidad. Les reprocha que cierran el Reino de los Cielos a los hombres: ni entran ellos ni dejan entrar a los que quieren hacerlo. Con ello, el Señor señala uno de los pecados más graves: el escándalo espiritual que impide la salvación de otros. Según la doctrina católica, este escándalo es una herida directa contra la caridad, pues no solo perjudica el alma propia, sino que obstruye el camino de la gracia para los demás. Cristo, que es la Verdad, no tolera que su Ley sea manipulada por intereses humanos.

Santo Tomás de Aquino, en su comentario y en la Suma Teológica, explica que el pecado de hipocresía no reside solo en aparentar virtud, sino en usar esa apariencia para dominar o manipular. Los fariseos no solo enseñaban la Ley, sino que la cargaban de interpretaciones y juramentos caprichosos, confundiendo lo esencial con lo accesorio. Tomás subraya que el juramento, por ejemplo, debe ordenarse a Dios, que es la Verdad misma, y no usarse como excusa para eludir la justicia o tergiversar la moral. El Doctor Angélico indica que desviar las realidades sagradas a fines mundanos es profanación, porque se priva a las cosas santas de su verdadera referencia al Creador.

Jesús también critica la distorsión de las jerarquías espirituales: los fariseos daban más valor al oro del templo que al templo mismo, o al sacrificio que al altar que lo santifica. Con ello, el Señor enseña que no es la materia ni el signo visible lo que confiere santidad, sino la presencia y voluntad de Dios. Santo Tomás comenta que en toda realidad sagrada hay un orden de dignidad: lo que es instrumento debe ser subordinado a lo que es causa. Así, el altar santifica la ofrenda, y Dios santifica el templo, y no al revés. Invertir este orden es, para el Aquinate, un error que nace de un corazón más apegado a lo material que a lo divino.

Esta enseñanza nos recuerda que la verdadera religión no es un teatro de apariencias ni un sistema para obtener prestigio o poder, sino un camino de humildad y de obediencia al orden de Dios. Jesús invita a sus oyentes a ir al núcleo de la fe, donde todo se ordena al amor a Dios y al prójimo, y donde el corazón, purificado por la gracia, se convierte en el verdadero templo en el que Él habita. Así, evitando la hipocresía y la distorsión de lo sagrado, se abre el Reino de los Cielos, no solo para uno mismo, sino para todos los que buscan la verdad.

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