Septiembre 21, 2025
Amós 8, 4-7 Salmo 112, 1-2. 4-6. 7-8 1 Timoteo 2, 1-8 Lucas 16, 1-13
XXV Domingo Ordinario
Que alaben al Señor todos sus siervos.
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En este pasaje, el Señor nos presenta la figura del administrador que, acusado de malgastar los bienes de su amo, se ve obligado a dar cuentas. Ante la inminente pérdida de su cargo, actúa con sagacidad rebajando las deudas de los deudores, para asegurarse amigos que lo reciban en su desgracia. Jesús sorprende al afirmar que “el amo alabó al administrador injusto, porque había obrado con astucia”. No se aprueba la injusticia, sino la prudencia con que supo prever el futuro.
Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (II-II, q. 55-56 sobre la justicia y la prudencia), explica que la prudencia es la virtud que dirige los actos humanos hacia el bien según la recta razón. Aquí, Cristo nos muestra cómo los hombres son diligentes y sagaces en los asuntos temporales, pero con frecuencia negligentes en lo que se refiere a la vida eterna. La enseñanza no es que imitemos el fraude, sino que aprendamos a poner el mismo ingenio en la búsqueda del Reino de Dios.
El Señor nos invita a usar rectamente los bienes de este mundo —a los que llama “riquezas injustas” porque son pasajeras, frágiles, y tantas veces ocasión de pecado— para ganar amigos que nos reciban en la morada eterna. En la tradición católica, esto se entiende como la práctica de la caridad y de la limosna: compartir lo temporal en orden a lo eterno. Como enseña Santo Tomás (II-II, q. 32 sobre la limosna), los bienes materiales son dados por Dios no para ser retenidos egoístamente, sino para que, mediante ellos, sirvamos a los demás y alcancemos los bienes espirituales.
Más aún, Jesús concluye con una sentencia decisiva: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Esta oposición radical muestra la incompatibilidad entre la idolatría de las riquezas y la verdadera adoración a Dios. Santo Tomás señala que el apego desordenado a los bienes temporales oscurece la mente y aparta al hombre de su fin último, que es Dios mismo. Por eso, la verdadera prudencia no consiste en asegurar el porvenir terreno, sino en ordenar los medios hacia el fin supremo de la bienaventuranza eterna.
Así, la parábola nos exhorta a tres actitudes cristianas:
- Prudencia sobrenatural: aprender de la sagacidad del mundo, pero aplicándola al seguimiento de Cristo y a la salvación eterna.
- Caridad en el uso de los bienes: emplear lo temporal para ganar lo que no perece, ayudando a los necesitados y practicando la justicia.
- Pureza de corazón en el servicio: elegir sin ambigüedad a quién servimos, porque solo quien se libera de la esclavitud del dinero puede ser fiel servidor de Dios.
En definitiva, este Evangelio nos recuerda que todo lo terreno es medio, no fin. Y que el cristiano, a imitación del administrador astuto, debe ser vigilante, pero con una sagacidad santificada por la gracia, para que en la eternidad lo reciban los amigos que haya hecho en Cristo.
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