Septiembre 20, 2025
1 Timoteo 6, 13-16 Del Salmo 99 Lucas 8, 4-15
Memoria de San Andrés Kim Taegon, presbítero y San Pablo Chong Hasang y compañeros, mártires
Sirvamos al Señor con alegría
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El Evangelio según san Lucas nos presenta en este pasaje la parábola del sembrador, una de las más conocidas y ricas en sentido espiritual. Cristo, con la imagen sencilla de la semilla y de la tierra, describe la dinámica de la gracia en el corazón humano. La semilla es la Palabra de Dios, que siempre es fecunda en sí misma; sin embargo, su fruto depende de la disposición del terreno, es decir, de la libertad y apertura del alma.
Santo Tomás de Aquino, en la Catena Aurea y en la Suma Teológica, nos recuerda que la Palabra de Dios tiene en sí una potencia divina, pero que el hombre, por el uso de su libre albedrío, puede cooperar o resistirse a la gracia. Así como la tierra necesita preparación para acoger la semilla, el corazón humano requiere purificación, docilidad y fe. El Doctor Angélico señala que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona; por ello, la semilla pide del hombre no sólo escuchar, sino también obrar y custodiar lo recibido.
Cristo mismo explica los diversos terrenos: el camino endurecido, donde la Palabra no penetra porque el corazón está cerrado y el maligno arrebata lo sembrado; el terreno pedregoso, que simboliza a quienes reciben con entusiasmo inicial pero carecen de profundidad y abandonan en la prueba; las zarzas, que representan las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas, que sofocan la semilla; y, finalmente, la tierra buena, que da fruto en abundancia.
Aquí se descubre, según Santo Tomás, una enseñanza sobre la necesidad de la virtud de la perseverancia. No basta recibir con gozo momentáneo, sino que se requiere arraigar en la fe, sostenida por la gracia, para resistir la tentación y las tribulaciones. También señala que la verdadera fecundidad del alma no consiste sólo en la contemplación de la Palabra, sino en dejar que ella produzca obras de caridad, que son el fruto visible de la gracia en nosotros.
Desde la doctrina católica, esta parábola es también una exhortación a la vigilancia espiritual: el terreno del alma debe cultivarse constantemente mediante la oración, los sacramentos y la lucha contra el pecado. San Agustín, citado por Santo Tomás, decía: “No seas camino endurecido, ni pedregal, ni lleno de espinas; sé tierra buena”. La colaboración del hombre con Dios, bajo la acción de la gracia, permite que la semilla dé fruto “al ciento por uno”.
En definitiva, Lucas 8, 4-15 no es sólo una descripción de situaciones espirituales, sino una llamada a la conversión permanente. Santo Tomás enseña que Dios ofrece a todos la semilla de su Palabra, pero corresponde a cada alma disponerse a recibirla. El fruto abundante es, en último término, obra de la gracia, pero pide también la cooperación libre y humilde del hombre.
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