Pobreza y Providencia en la Misión de Cristo

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Septiembre 24, 2025

Virgen de las Mercedes

Esdras 9, 5-9 Tobías 13, 2. 3-4a. 4bcd. 5. 8 Lucas 9, 1-6

Miércoles de la XXV semana del Tiempo ordinario

Bendito sea el Señor para siempre

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En el evangelio según san Lucas (9, 1-6), Cristo convoca a los Doce, les da poder y autoridad sobre todos los demonios y para curar enfermedades, y los envía a anunciar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. A la vez, les impone un estilo de pobreza y desapego: “No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero; y tampoco tengáis dos túnicas cada uno”.

Este pasaje revela tres dimensiones esenciales de la misión apostólica: la autoridad recibida de Cristo, la finalidad del anuncio del Reino y la confianza absoluta en la Providencia.

Santo Tomás de Aquino, al tratar sobre la misión de los apóstoles (S. Th., III, q.40 y Catena Aurea sobre este mismo pasaje), enseña que el poder conferido por Cristo no es propio de los discípulos, sino participación en la virtud divina. Los Doce no actúan por sí mismos, sino como instrumentos vivos en manos del Señor. De aquí deriva la doctrina católica sobre la sucesión apostólica: toda autoridad en la Iglesia proviene de Cristo Cabeza, comunicada a través de los apóstoles y sus sucesores.

Cristo los envía a proclamar el Reino y a curar a los enfermos. Se trata de un doble movimiento: palabra y obra, verdad anunciada y caridad practicada. Santo Tomás observa que la predicación del Evangelio se confirma con obras visibles, de manera que la gracia toca al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La Iglesia, siguiendo este modelo, nunca separa evangelización de obras de misericordia.

El mandato de no llevar consigo bastón ni alforja muestra que la eficacia de la misión no depende de recursos humanos, sino de la fuerza de la gracia. Santo Tomás, en la Catena Aurea, comenta que el Señor quiso enseñar a los apóstoles a vivir en completa confianza en la Providencia, para que se manifestara claramente que la salvación viene de Dios y no del poder humano. La pobreza apostólica se convierte así en signo de autenticidad y transparencia: el mensajero no busca su propio beneficio, sino sólo la gloria de Dios y el bien de las almas.

Finalmente, Jesús les indica que, si en algún lugar no los reciben, sacudan el polvo de sus pies en testimonio. Para Santo Tomás, este gesto simboliza la libertad interior del apóstol: el rechazo no debe atar el corazón ni desanimar la misión. El mensajero anuncia, pero respeta la libertad; la gracia se ofrece, no se impone.

En síntesis, este pasaje nos enseña que la misión de la Iglesia es prolongar la de Cristo mismo: anunciar el Reino con autoridad recibida, confirmarlo con obras de caridad, vivir en desapego confiando en la Providencia, y testimoniar la verdad incluso frente al rechazo. Como recuerda Santo Tomás, “Dios mismo es quien obra por medio de sus ministros” (S. Th., III, q.64, a.1).

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