Octubre 12, 2025
2 Reyes 5, 14-17 Salmo 97, 1. 2-3ab. 3cd-4 2 Timoteo 2, 8-13 Lucas 17, 11-19
XXVIII Domingo ordinario
El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad
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El evangelio narra cómo Jesús, al dirigirse a Jerusalén, encuentra a diez leprosos que, desde lejos, le suplican misericordia. Cristo les manda ir a presentarse a los sacerdotes, y en el camino quedan limpios. Pero solo uno de ellos, un samaritano, vuelve a dar gloria a Dios y agradecer al Señor. Entonces Jesús pronuncia la sentencia que resuena como enseñanza para todos los tiempos: “¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero? Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.
Este pasaje revela varias dimensiones del misterio de la salvación. Ante todo, muestra que Cristo es el verdadero médico del cuerpo y del alma. La lepra, en la tradición de la Iglesia, ha sido vista como figura del pecado: aparta del pueblo de Dios, desfigura, encierra en la soledad y la exclusión. Pero la voz de Cristo rompe esa distancia y su palabra sana con eficacia sacramental. La orden de “ir a los sacerdotes” anticipa la dimensión eclesial de la reconciliación: así como el sacerdote de la Antigua Alianza debía constatar la pureza legal, en la Nueva Alianza el ministerio sacerdotal, instituido por Cristo, es instrumento para verificar y comunicar la purificación sacramental, en especial en la penitencia.
Santo Tomás de Aquino, en su Catena Aurea y en otros lugares, subraya que las curaciones de Jesús son signos visibles de realidades invisibles. La fe es la disposición interior necesaria para recibir la gracia. Nueve leprosos experimentan la curación corporal, pero solo uno obtiene la plenitud de la salvación: la fe agradecida que se traduce en adoración. Según santo Tomás, la gratitud es parte de la virtud de la justicia, pues “dar gracias” es reconocer el bien recibido y ordenar el corazón hacia su autor. El ingratum cor (corazón ingrato) se cierra a la plenitud de la gracia; en cambio, la gratitud abre a una mayor comunicación de bienes espirituales.
Doctrinalmente, el episodio enseña que no basta recibir dones de Dios: es preciso responder con fe viva y agradecida. Los nueve representan a quienes buscan a Dios solo por los beneficios temporales, mientras que el samaritano representa al alma humilde que reconoce en Cristo no solo al dador de salud, sino al Salvador. Aquí se manifiesta también la universalidad de la salvación: no es el israelita, sino el extranjero quien regresa; de este modo, Cristo anticipa la entrada de los gentiles en la Iglesia.
Por ello, la enseñanza espiritual es clara: el cristiano debe imitar al samaritano agradecido, cultivando la virtud de la gratitud, que eleva el alma a la alabanza de Dios. Como recuerda santo Tomás, toda gracia exige respuesta y toda salvación conlleva una misión: “Levántate y vete; tu fe te ha salvado”. La fe agradecida no se queda en un beneficio recibido, sino que se transforma en vida nueva, en camino de santidad.
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