Octubre 30, 2025
Romanos 8, 31-35. 37-39 Salmo 108, 21-22. 26-27. 30-31 Lucas 13, 31-35
Jueves de la XXX semana del Tiempo ordinario
Sálvame, Señor, por tu bondad.
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En este pasaje, algunos fariseos se acercan a Jesús y le advierten: “Sal de aquí, porque Herodes quiere matarte.” Pero Él les responde con firmeza: “Id y decid a ese zorro: hoy y mañana expulso demonios y realizo curaciones, y al tercer día termino mi obra. Pero es necesario que hoy, mañana y pasado siga mi camino, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.” Luego, mirando hacia la ciudad santa, exclama con profunda tristeza: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste! Mirad, vuestra casa se os va a quedar desierta.”
Este texto revela el drama del amor rechazado. Jesús, consciente de la amenaza de Herodes, no se deja dominar por el miedo, porque su misión obedece al designio del Padre. No es el poder político el que guía su camino, sino la voluntad divina de redención. Su respuesta —“hoy, mañana y pasado debo seguir mi camino”— expresa la constancia del amor que no se detiene ante la hostilidad humana. La muerte no interrumpe su misión; la consuma.
El lamento sobre Jerusalén muestra la ternura de Dios frente a la dureza del corazón humano. Jesús no habla como juez distante, sino como Madre que sufre por los hijos que se pierden. Su imagen de la gallina que cobija a los polluelos bajo sus alas evoca el amor misericordioso de Dios que desea proteger y salvar, pero respeta la libertad de quien se niega a recibirlo. La “casa desierta” simboliza el alma que, cerrada al amor divino, queda vacía de su presencia.
Santo Tomás de Aquino, en su Catena Aurea, explica que el dolor de Cristo por Jerusalén manifiesta su compasión perfecta. “El Señor no llora por su muerte, sino por la perdición de aquellos que lo rechazan.” Según el Doctor Angélico, el lamento de Jesús no es una simple expresión humana, sino una revelación de la voluntad salvífica de Dios, que “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4), aunque muchos no respondan. La libertad humana, enseñará Santo Tomás, puede resistir la gracia, pero nunca anular su ofrecimiento: “Dios no deja de ofrecer su auxilio; sólo el hombre, endureciéndose, lo rechaza” (S. Th., I-II, q. 109, a. 2).
En esta escena se enfrentan dos modos de poder: el de Herodes, que amenaza y destruye, y el de Cristo, que salva y ama. Jesús llama “zorro” a Herodes, no como insulto, sino como juicio moral: representa la astucia sin verdad, el poder mundano que se alimenta del miedo. Cristo, en cambio, avanza sereno hacia Jerusalén, sabiendo que allí le espera la cruz. La valentía de su amor revela que la verdadera realeza no consiste en dominar, sino en ofrecer la vida.
El lamento final —“¡Jerusalén, Jerusalén!”— es eco de la historia entera de la salvación: Dios ha enviado profetas, sabios y santos, y la humanidad ha respondido con rechazo. Sin embargo, Cristo no maldice, sino que llora. Su llanto no es desesperanza, sino compasión divina. En la cruz, ese llanto se convertirá en redención, porque el amor que no fue recibido se convierte en amor que se entrega hasta el extremo.
Santo Tomás ve en la imagen de la gallina una figura de la Iglesia. Así como ella protege a sus hijos bajo las alas de la fe y de los sacramentos, así Cristo reúne a los creyentes bajo la gracia de su costado abierto. “Bajo las alas de Cristo —dice el Aquinate— se refugian los fieles, porque de su humanidad recibimos calor, protección y alimento espiritual” (Comentario al Evangelio de Mateo, c. 23, lec. 4).
Este Evangelio, por tanto, nos interpela: ¿permitimos que Cristo nos reúna bajo sus alas, o permanecemos fuera, confiando en nuestra propia fuerza? Jesús continúa hoy su camino a través de la historia, buscando corazones que acepten su amor. Y aunque muchos aún lo rechacen, Él sigue llorando sobre cada Jerusalén personal que se cierra a la gracia.
El amor de Dios no se apaga ante el rechazo: se ofrece una y otra vez, hasta el final. Por eso, el lamento de Jesús no es una despedida amarga, sino una promesa velada: después del abandono vendrá la Pascua, y la casa desierta volverá a llenarse de gloria cuando el hombre diga finalmente: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
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