3 de junio de 2026
2 Timoteo 1, 1-3. 6-12 Salmo 122, 1-2a. 2bcd Marcos 12, 18-27
Memoria de San Carlos Lwanga y compañeros. mártires
En ti, Señor, tengo fijos mis ojos
Marcos 12, 18-27: Dios no es Dios de muertos, sino de vivos
En este pasaje del Evangelio, se acercan a Jesús los saduceos, un grupo religioso judío que negaba la resurrección de los muertos. Con intención de ponerlo en aprietos, le presentan un caso hipotético basado en la ley del levirato: una mujer que fue esposa sucesivamente de siete hermanos. Su pregunta pretende ridiculizar la doctrina de la resurrección: «Cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa?»
Jesús responde revelando dos errores fundamentales de sus interlocutores: «Están equivocados porque no conocen las Escrituras ni el poder de Dios». Estas palabras conservan toda su actualidad. Muchas veces el hombre moderno también rechaza las verdades sobrenaturales porque mide las realidades divinas con criterios puramente terrenos. Los saduceos imaginaban la vida futura como una simple prolongación de la vida presente; por eso no podían comprender la resurrección. Cristo enseña que la existencia gloriosa será una realidad nueva, transformada por la acción divina. Los resucitados no vivirán sujetos a las necesidades propias de esta vida, sino que participarán de una condición semejante a la de los ángeles en cuanto a la incorruptibilidad y la inmortalidad.
La enseñanza de Santo Tomás de Aquino
Santo Tomás de Aquino explica que la resurrección no consiste en una mera supervivencia espiritual. El alma humana, aunque puede existir separada del cuerpo después de la muerte, alcanza su perfección natural cuando vuelve a unirse a él. El hombre no es solamente alma ni solamente cuerpo: es una unidad de ambos. Por ello, la justicia divina exige que aquello que participó en las obras buenas o malas participe también en la recompensa o en el castigo.
Tomás enseña que la resurrección será obra exclusiva del poder de Dios. Ninguna fuerza creada puede devolver la vida a todos los cuerpos dispersos por los siglos. Cuando Cristo reprocha a los saduceos que desconocen el poder divino, señala precisamente esta limitación de la razón humana cuando pretende encerrar a Dios dentro de las leyes ordinarias de la naturaleza.
Además, el Doctor Angélico observa que la gloria futura supera toda imaginación humana. Los bienes de este mundo son apenas sombras de los bienes eternos. Por eso sería un error pensar que el cielo consiste simplemente en recuperar los placeres, relaciones o posesiones terrenas. La bienaventuranza consiste ante todo en la visión de Dios, en contemplarlo cara a cara y participar de su vida divina.
«Yo soy el Dios de Abraham»
Jesús culmina su argumento citando el episodio de la zarza ardiente. Dios se presenta a Moisés diciendo: «Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob». No dice «yo fui», sino «yo soy». Los patriarcas habían muerto siglos antes, pero siguen viviendo para Dios.
Aquí encontramos una de las afirmaciones más consoladoras de toda la Escritura. Los que mueren en amistad con Dios no desaparecen en la nada. Viven en su presencia y esperan la resurrección final. La muerte, tan temida por el hombre, ha sido transformada por Cristo en una puerta hacia la vida eterna.
Aplicación espiritual
Este Evangelio nos invita a examinar nuestra propia fe en la vida eterna. Muchos cristianos afirman creer en la resurrección, pero viven como si esta vida fuera la única realidad importante. Las preocupaciones materiales, los éxitos pasajeros y los bienes temporales ocupan a menudo el lugar que corresponde a las cosas eternas.
La esperanza cristiana no es una ilusión ni un consuelo psicológico. Se fundamenta en la promesa de Cristo y en su propia resurrección. Si Cristo ha vencido a la muerte, también nosotros estamos llamados a participar de su victoria.
Por eso, cada sacrificio aceptado por amor a Dios, cada acto de caridad, cada oración y cada cruz llevada con paciencia adquieren un valor eterno. El cristiano camina por este mundo sabiendo que su verdadera patria no está aquí, sino en el Reino donde Dios será «todo en todos».
Como diría Santo Tomás, la contemplación de la vida futura ordena rectamente toda la vida presente. Quien vive con los ojos puestos en la eternidad aprende a valorar las cosas temporales según su verdadero peso y descubre que el destino último del hombre no es el sepulcro, sino la gloria de la resurrección prometida por Jesucristo.
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Que hermosa lectura, para reflexionar y transformar la vida