“La Noche que Nunca Terminó”
#fantasmas #halloween
En aquel barrio donde las calabazas parecían sonreír con malicia cada octubre, vivía Mr. Ernest, un vecino muy peculiar. Amaba Halloween con una devoción casi enfermiza: cada año, su casa se transformaba en un museo del espanto. Colgaba esqueletos del techo, hacía gruñir a Frankenstein con altavoces ocultos y colocaba a Drácula custodiando la puerta principal. Los niños lo adoraban, pues además de repartir dulces, don Ernesto se lucía contando historias de miedo, tan vívidas que más de uno volvía a casa temblando, jurando haber visto sombras moverse tras los árboles.
Pero aquel año… algo fue distinto.
La noche de Halloween cayó con una neblina espesa y fría. Mr. Ernest decoró su casa como siempre, pero al amanecer… nada cambió. Las calabazas seguían encendidas, los fantasmas seguían flotando, y el viento soplaba el mismo silbido lúgubre. Pensó que era una coincidencia, hasta que pasaron tres días… y la noche no terminaba.
El calendario marcaba noviembre, pero el cielo seguía del color de un bruñido de ceniza. Las hojas se movían sin viento. Los niños ya no pasaban frente a su casa; incluso el perro del vecino cruzaba la calle temblando, con el rabo entre las patas. Mr. Ernest comenzó a notar su reflejo en los vidrios del comedor: pálido, con los ojos hundidos, y una sonrisa que no reconocía.
En la oficina, los compañeros lo evitaban. Decían que el aire a su alrededor era helado, que sus pasos resonaban huecos, como si no pertenecieran al mundo de los vivos. Al principio, Ernest creyó que era una broma cruel. Pero un mediodía, mientras almorzaba, el niño del vecindario que solía visitarlo gritó de horror al verlo y huyó despavorido. Fue entonces cuando corrió al espejo del baño… y descubrió la verdad: su rostro era el de una criatura sin alma, un híbrido de todos los monstruos que alguna vez había admirado.
Esa noche, una voz lo llamó desde el jardín. Salió, tembloroso, y encontró a un espectro envuelto en harapos grises que le dijo con un tono gutural:
—Bienvenido, Ernesto… al mundo que tanto amaste.
La tierra bajo sus pies se abrió en una bruma luminosa. Los sonidos del barrio se disolvieron, y la eternidad se congeló en aquel instante. Desde entonces, dicen los vecinos, su casa permanece decorada, año tras año, sin que nadie la toque. Las luces parpadean solas cada 31 de octubre, y una risa hueca se escucha entre las sombras.
Porque Halloween nunca terminó para Mr. Ernest.
Y jamás terminará.

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- 𝘌𝘭 𝘓𝘢𝘵𝘪𝘥𝘰 𝘖𝘤𝘶𝘭𝘵𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘈𝘳𝘳𝘰𝘺𝘰

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