Martes de la XI semana del Tiempo ordinario

16 de junio de 2026

1 Reyes 21, 17-29 Salmo 50, 3-4. 5-6a.11 y 16 Mateo 5, 43-48

Martes de la XI semana del Tiempo ordinario

Amar como Dios ama: el camino más alto de la perfección cristiana

En el Evangelio de Mateo 5, 43-48, Jesús lleva la ley del amor a su máxima expresión. No se conforma con corregir una conducta externa, sino que transforma la raíz misma del corazón humano. «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen».

Estas palabras resultan desconcertantes para la lógica humana. La tendencia natural es amar a quien nos ama y alejarnos de quien nos hiere. Sin embargo, Cristo no vino a perfeccionar nuestros instintos, sino a elevar nuestra naturaleza mediante la gracia.

La doctrina católica enseña que la caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y, por amor a Él, amamos al prójimo. Este amor no depende de los méritos de la otra persona, ni de la simpatía, ni de la reciprocidad. Tiene su origen en Dios mismo.

Santo Tomás de Aquino explica que amar al enemigo no significa aprobar sus malas acciones ni renunciar a la justicia. El amor cristiano consiste en querer el bien verdadero del otro: su conversión, su salvación y su acercamiento a Dios. El Doctor Angélico enseña que el enemigo, en cuanto enemigo, no es objeto de amor; pero sí debe ser amado en cuanto criatura hecha a imagen de Dios y llamada a la vida eterna.

Por eso, rezar por quien nos persigue es uno de los actos más profundos de libertad espiritual. El resentimiento nos ata a la ofensa; la oración nos libera de ella. El odio prolonga el mal; la caridad lo desarma.

Jesús ofrece una razón aún más elevada: «Así seréis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos». Dios no administra su bondad de forma mezquina. Su providencia alcanza a todos. El sol no se detiene ante la casa del pecador ni la lluvia evita los campos del injusto.

Santo Tomás señala que la perfección cristiana consiste precisamente en la imitación de Dios. Cuanto más participa el hombre de la caridad divina, más se asemeja a su Creador. El cristiano está llamado a convertirse en un reflejo de la misericordia de Dios en medio del mundo.

Cristo también cuestiona una religiosidad basada en mínimos: «Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?». El Evangelio no propone una moral de intercambio, sino una lógica sobrenatural. La santidad comienza cuando hacemos el bien incluso cuando no obtenemos nada a cambio.

Finalmente, Jesús pronuncia una frase exigente y luminosa: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». La Iglesia siempre ha entendido esta perfección no como una impecabilidad imposible de alcanzar en esta vida, sino como la plenitud de la caridad. Para Santo Tomás, la perfección cristiana consiste en ordenar toda la existencia hacia Dios y dejar que el amor sea el principio rector de nuestros pensamientos, palabras y acciones.

En un mundo acostumbrado a la revancha, al enfrentamiento permanente y a la división, este Evangelio sigue siendo profundamente revolucionario. Amar al enemigo no es debilidad; es la manifestación más alta de la fortaleza cristiana. Solo quien está unido a Dios puede responder al mal sin reproducirlo.

La santidad comienza cuando dejamos de preguntar quién merece nuestro amor y empezamos a amar como ama Dios.

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