Octubre 29, 2025
Romanos 8, 26-30 Salmo 12, 4-5. 6 Lucas 13, 22-30
Miércoles de la XXX semana del Tiempo ordinario
Confío, Señor, en tu bondad
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En este pasaje, Jesús va camino a Jerusalén enseñando por pueblos y aldeas. Alguien le pregunta: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” Él responde: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.” Y añade que llegará un momento en que el dueño de casa cerrará la puerta, y quienes queden fuera, aunque digan: “Hemos comido y bebido contigo, y enseñaste en nuestras plazas”, oirán como respuesta: “No sé de dónde sois; apartaos de mí, todos los que obráis la iniquidad.” Finalmente, Jesús anuncia la inversión escatológica: “Vendrán muchos de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.”
Este Evangelio nos confronta con la seriedad de la salvación y la responsabilidad personal ante el don de la gracia. Cristo no responde directamente cuántos se salvan, sino cómo se alcanza la salvación: luchando, perseverando, entrando por la puerta estrecha. El acento no está en la cantidad, sino en la conversión del corazón. La puerta estrecha es Cristo mismo (cf. Jn 10,9): el único acceso al Padre pasa por la fe viva y las obras de amor. No basta haber estado “cerca” del Señor, escuchado su Palabra o participado de sus signos; es necesario dejarse transformar por la gracia y perseverar en la justicia hasta el fin.
Santo Tomás de Aquino, en su Catena Aurea, observa que la “puerta estrecha” simboliza la dificultad del camino de la virtud, en contraste con la amplitud del camino del pecado. “El hombre que se apega a los bienes terrenos se ensancha en lo exterior —dice—, pero el que se orienta hacia los bienes celestiales se estrecha en lo interior, mortificando su apetito y sujetándolo al orden de la razón y de la fe.” La estrechez, por tanto, no es una limitación impuesta por Dios, sino una purificación necesaria del corazón.
En la Summa Theologiae (I-II, q. 109, a. 8), Santo Tomás enseña que nadie puede entrar por esa puerta sin la ayuda de la gracia: el esfuerzo humano, aunque indispensable, no basta por sí mismo. “El hombre —dice— coopera con Dios en su salvación, pero es Dios quien primero lo mueve por dentro.” Entrar por la puerta estrecha implica un combate espiritual que une la libertad humana con la acción divina: nuestra cooperación humilde con la gracia que nos fortalece.
El cierre de la puerta evoca el juicio final: habrá un tiempo para la misericordia y un tiempo para la justicia. Aquellos que confiaron en sus méritos o en su aparente cercanía a Cristo —“hemos comido y bebido contigo”— descubrirán que la familiaridad exterior no sustituye la fidelidad interior. La verdadera comunión con Cristo no se reduce a los ritos, sino que exige conversión, caridad y obediencia.
Por eso, Jesús anuncia una inversión paradójica: “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.” Con estas palabras, nos recuerda que la salvación no depende del rango, la cultura o la historia personal, sino del amor con que se responde a la gracia. Muchos que parecen lejos del Reino —los pobres, los pecadores arrepentidos, los olvidados— serán los primeros en entrar, mientras que los satisfechos de sí mismos quedarán fuera.
La puerta estrecha es, en el fondo, la cruz. Entrar por ella significa negarse a sí mismo y seguir a Cristo por el camino de la humildad, la obediencia y el amor sacrificado. En palabras de Santo Tomás: “El camino que lleva a la gloria pasa por la tribulación, y por eso es angosto; pero su término es ancho y glorioso” (Comentario al Evangelio de San Mateo, c. 7, lec. 2).
Así, este Evangelio no busca infundir temor, sino despertar vigilancia y esperanza. El Señor no desea que pocos se salven, sino que todos entren por la puerta; pero esa puerta se abre sólo a los corazones que se dejan transformar por el amor y la gracia.
Porque, en última instancia, no se trata de preguntar cuántos se salvan, sino de decidir cómo quiero salvarme yo: caminando cada día con Cristo, por el sendero angosto que conduce a la vida eterna.

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