Las flores que nunca mueren

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El alma de Priscilla aún camina entre los hollyhocks del Silkwood Inn

En Mulkeytown, cuando el viento del atardecer roza las viejas tablas del Silkwood Inn, algunos aseguran que el aire lleva un perfume dulce, como de flores marchitas. No es jazmín ni lirio —dicen los vecinos—, sino hollyhocks (malvarrosas), las flores que una vez plantó una mujer llamada Priscilla, cuyo espíritu, según cuentan, jamás abandonó la posada.

El Silkwood Inn, con su fachada blanca y su techo de tejas gastadas, fue en el siglo XIX un refugio para viajeros cansados, huérfanos y almas sin rumbo. Basil Silkwood, el dueño, era un hombre piadoso, generoso con los pobres. Pero fue su encuentro con Priscilla lo que selló el destino espiritual del lugar.

Ella había sido esclava en una plantación de Georgia, y tras un viaje de horror por el Trail of Tears, encontró en Basil su salvación. Vivió con los Silkwood hasta su muerte, cuidando a los huérfanos y sembrando flores frente al porche del inn. Hollyhocks rojos, amarillos y rosados, tan vivos que parecían encenderse bajo la luz del amanecer.

Décadas después, cuando la posada se convirtió en museo, los visitantes comenzaron a hablar de cosas extrañas. Una mujer con un vestido antiguo, de paño burdo y delantal blanco, aparecía en las noches de luna, caminando lentamente entre los canteros. Nadie oía sus pasos, pero las flores se mecían a su paso como si la saludaran.

Un guardián nocturno contó que una vez, al cerrar las puertas, vio una sombra junto a la chimenea. Olía a tierra húmeda y a perfume floral. En la penumbra, una voz suave le dijo:
¿Cuidan aún de los niños?
El hombre giró, pero solo halló un rastro de pétalos esparcidos sobre el suelo.

Otros afirman que, cuando alguien se atreve a arrancar un hollyhock del jardín, una ráfaga helada recorre el aire, y las campanas del pequeño templo cercano suenan sin viento. Las flores arrancadas, por más que se replantan, se marchitan en una noche. En cambio, las que crecen junto al antiguo porche nunca mueren: florecen cada año, incluso bajo la nieve.

Una tarde de verano, una visitante dejó sobre la tumba de Priscilla una cruz de madera y una flor arrancada del cantero. Dicen que al amanecer, la cruz estaba envuelta en raíces frescas, como si la tierra la hubiera reclamado, y la flor había vuelto a plantarse sola, firme y erguida.

Los ancianos de Mulkeytown aseguran que Priscilla aún cuida del lugar. Que su alma agradecida permanece entre las flores que ella misma trajo desde el sur, como un puente de ternura entre la esclavitud y la libertad, entre la muerte y la esperanza.

Por eso, cuando el viento nocturno acaricia el Silkwood Inn y las hollyhocks se inclinan todas hacia el mismo lado, los lugareños no se asustan. Solo dicen en voz baja:
Priscilla está rezando otra vez.

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