El fuego que purifica el corazón

Octubre 23, 2025

Romanos 6, 19-23 Salmo 1, 1-2. 3. 4 y 6 Lucas 12, 49-53

Jueves de la XXIX semana del Tiempo ordinario

Dichoso el hombre que confía en el Señor

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En el Evangelio según san Lucas (12, 49-53), Cristo pronuncia palabras que, a primera vista, pueden resultar desconcertantes: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división”. Estas frases rompen la imagen dulzona de un Mesías pacífico en el sentido mundano del término, y nos introducen en el misterio ardiente de su misión redentora.

El “fuego” que Jesús desea encender no es un fuego destructor, sino santificador. En la tradición católica, este fuego es símbolo del Espíritu Santo, del amor divino que purifica, consume el pecado y transforma el alma. San Juan Bautista ya había anunciado que el Mesías “bautizaría con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). Cristo, al hablar de su deseo de que ese fuego arda, manifiesta su anhelo de que el mundo sea inflamado por el amor divino, por la caridad perfecta que renueva todas las cosas desde dentro.

Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Juan y en la Suma Teológica (II-II, q.24, a.9), enseña que la caridad es como un fuego espiritual que eleva al alma hacia Dios. Así como el fuego natural tiende hacia lo alto y consume lo impuro, la caridad tiende hacia el bien supremo y purifica el corazón de todo afecto desordenado. Por eso Cristo desea que arda este fuego: porque sólo un corazón encendido en el amor divino puede transformarse plenamente y dar fruto de salvación.

Cuando Jesús dice que no vino a traer paz sino división, no contradice su título de “Príncipe de la Paz” (Is 9,6). Lo que rechaza es la falsa paz, la que se funda en la tibieza, en el compromiso con el mal o en la indiferencia moral. El seguimiento de Cristo exige una decisión radical, y esa radicalidad inevitablemente divide: divide al hombre interior —entre lo viejo y lo nuevo— y divide también a las familias y sociedades, donde la verdad de Cristo confronta los valores del mundo. Como señala Santo Tomás, “la paz verdadera no consiste en la unión de los corazones en cualquier cosa, sino en la unión en la verdad” (Suma Teológica, II-II, q.29, a.1).

Este fuego, entonces, no destruye por odio, sino que separa para purificar. Divide lo que es del Espíritu de lo que pertenece a la carne, lo temporal de lo eterno. Cristo mismo, con su pasión —ese “bautismo” del que habla en el texto—, será sumergido en el dolor para que del sacrificio brote la llama redentora que encenderá a la Iglesia.

Por tanto, el creyente está llamado a dejarse abrazar por ese fuego. No se trata de un entusiasmo pasajero, sino de una conversión que arde hasta consumir el egoísmo. La fe no es neutral: exige tomar partido, aún a costa de rupturas humanas. Pero en esa aparente división, el alma halla la unidad más alta, la comunión con Dios que es la verdadera paz.

Así, el fuego que Cristo vino a traer es el signo de un amor que purifica, divide y eleva. Un fuego que quema las sombras del pecado y convierte el corazón en altar donde Dios habita.

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