Octubre 24, 2025
Romanos 7, 18-25 Salmo 118, 66. 68. 76. 77. 93. 94 Lucas 12, 54-59
Viernes de la XXIX semana del Tiempo ordinario
Enséñame, Señor, a gustar tus mandamientos
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En este pasaje de Lucas (12, 54-59), Jesús reprocha a la multitud su capacidad para interpretar los signos del clima —las nubes, el viento del sur— pero su ceguera ante los signos espirituales del tiempo presente. Les dice: “¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo no sabéis interpretar este tiempo?”. Y concluye exhortando a reconciliarse con el adversario antes de llegar al juez, imagen del juicio divino.
La enseñanza central es una llamada urgente al discernimiento espiritual y a la conversión. Cristo no se refiere solo al tiempo cronológico, sino al “kairos”, el tiempo de la salvación, el momento en el que Dios se manifiesta y ofrece su gracia. Para los oyentes de Jesús, ese tiempo era el de la presencia del Mesías en medio de ellos; para nosotros, es el tiempo de la Iglesia y de la acción del Espíritu Santo en las almas.
Desde la doctrina católica, este texto nos invita a no vivir distraídos por lo temporal, sino a leer los signos de Dios en la historia y en la conciencia. El hombre moderno, como los fariseos de aquel entonces, puede ser sabio en las cosas del mundo, pero ciego en las del alma. El discernimiento de los tiempos no se logra con inteligencia humana, sino con el corazón purificado y la docilidad a la gracia.
Santo Tomás de Aquino, comentando sobre la prudencia y el juicio recto, enseña que el hombre sabio es aquel que ordena todas las cosas hacia su fin último, que es Dios (S. Th. II-II, q.47, a.6). Interpretar los signos de los tiempos es, por tanto, un acto de prudencia sobrenatural: reconocer la presencia de Dios en los acontecimientos y orientar nuestra vida hacia Él. El Aquinate también advierte que el juicio recto requiere una voluntad libre del pecado, pues “el afecto desordenado oscurece el juicio del entendimiento”. Por eso Jesús llama “hipócritas” a quienes, atrapados en sus pasiones o intereses, no pueden ver la luz de la verdad.
La segunda parte del pasaje, la del adversario y el juez, es una parábola moral que apunta al juicio particular. El “adversario” puede entenderse como la conciencia misma o como la ley divina que nos acusa cuando obramos mal. Jesús nos urge a reconciliarnos “en el camino”, es decir, en esta vida, antes de llegar ante el Juez supremo. Porque una vez ante Dios, ya no habrá tiempo para negociar ni reparar: solo quedará el pago justo de nuestras acciones.
En suma, Cristo nos exhorta a vivir en vigilancia interior, atentos a los signos de su paso en nuestra historia personal. Reconocer el “tiempo de Dios” es abrir el alma a la gracia que hoy nos visita, antes de que sea demasiado tarde. Como diría Santo Tomás, la verdadera sabiduría no consiste en conocer muchas cosas, sino en ordenar la vida según la verdad divina.
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