La paciencia de Dios y el llamado urgente a la conversión

Octubre 25, 2025

Romanos 8, 1-11 Salmo 23, 1-2. 3-4ab. 5-6 Lucas 13, 1-9

Sábado de la XXIX semana del Tiempo ordinario

Haz, Señor, que te busquemos

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En el pasaje de Lucas 13, 1-9, Jesús escucha a algunos que le cuentan la tragedia de los galileos cuya sangre Pilato mezcló con la de sus sacrificios. Él responde recordando otro suceso: la caída de la torre de Siloé, que mató a dieciocho personas. En ambos casos, el Señor rechaza la idea de que esas víctimas fueran más pecadoras que los demás, y pronuncia una advertencia solemne: “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”. Luego narra la parábola de la higuera estéril, símbolo del alma que no da fruto, a la que el dueño concede todavía un tiempo de gracia antes de cortarla.

En la doctrina católica, este pasaje ilumina con fuerza el misterio de la misericordia divina unida a la justicia. Jesús no niega que el pecado tenga consecuencias, pero corrige la visión simplista que atribuye las desgracias directamente a la culpa personal. Más bien, usa esos hechos para revelar una verdad universal: todos somos necesitados de conversión. El sufrimiento del mundo no siempre es castigo, pero sí es un signo que llama al arrepentimiento.

Santo Tomás de Aquino enseña que la paciencia de Dios no es debilidad, sino expresión de su bondad: “Dios espera para que el pecador se convierta, no porque ignore el mal, sino porque es misericordioso” (S. Th. I, q.21, a.4 ad 1). En la parábola, el viñador que intercede por la higuera representa a Cristo mismo, quien pide al Padre tiempo para trabajar el alma con su gracia. El “cavar” y “echar estiércol” significan los medios de la santificación: la corrección, las pruebas, la predicación, los sacramentos. Son los instrumentos con los que Dios remueve la dureza del corazón y lo dispone a dar fruto.

Sin embargo, Santo Tomás también advierte que la misericordia de Dios tiene un límite en la obstinación del hombre. No porque el amor divino se extinga, sino porque el alma que persevera en el pecado cierra voluntariamente la puerta a la gracia. La justicia divina no destruye, sino que ratifica la elección libre del pecador.

Jesús, por tanto, nos pone ante una decisión inaplazable: convertirnos o perecer. Pero la conversión que Él pide no es un simple cambio exterior, sino un retorno del corazón hacia Dios, movido por amor. La higuera no es condenada por ser débil, sino por ser infecunda, por haber recibido tanto y no haber respondido con fruto.

En esta parábola se revela el rostro del Padre que espera, trabaja y confía, pero también el Dios justo que no permitirá que la gracia sea despreciada indefinidamente. Cada día que vivimos es un año más de esa espera divina, un tiempo que nos es dado no para la comodidad, sino para la transformación interior.

Como diría Santo Tomás, “la bondad de Dios consiste en comunicar su perfección a las criaturas” (S. Th. I, q.6, a.4); por eso, el alma que no da fruto contradice su propio fin. Convertirse, entonces, no es otra cosa que dejar que la gracia fecunde nuestra vida y que Cristo, el Viñador, encuentre en nosotros frutos dignos del Reino.

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