Octubre 31, 2025
Romanos 9, 1-5 Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20 Lucas 14, 1-6
Viernes de la XXX semana del Tiempo ordinario
Bendigamos al Señor, nuestro Dios
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En este pasaje, san Lucas relata que Jesús entra un sábado en casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, y todos lo observan atentamente. Frente a Él se halla un hombre hidrópico —es decir, enfermo de retención de líquidos—. Jesús, conociendo sus pensamientos, pregunta a los doctores de la ley y a los fariseos: “¿Es lícito curar en sábado o no?” Ellos guardan silencio. Entonces, Él toma al enfermo, lo sana y lo despide. Luego les dice: “¿Quién de vosotros, si a su hijo o a su buey se le cae al pozo, no lo saca enseguida, aunque sea sábado?” Y nuevamente ellos no pueden responderle nada.
Este episodio manifiesta la primacía de la misericordia sobre cualquier interpretación rígida de la ley. Jesús, al sanar en sábado, no quebranta la voluntad divina, sino que la cumple en plenitud. El descanso sabático fue instituido para el bien del hombre, no como un obstáculo al amor. El gesto de curar al enfermo muestra que, para Dios, la verdadera santificación del sábado consiste en hacer el bien, en liberar y restaurar la vida.
El silencio de los fariseos —que no se atreven ni a aprobar ni a condenar la acción de Jesús— simboliza la parálisis moral de quien conoce la letra de la ley pero ha perdido su espíritu. En contraste, el gesto del Señor revela que la caridad no conoce interrupción: no hay día ni circunstancia que suspenda el amor. En palabras del Catecismo (CIC 2173), “Cristo, al sanar en sábado, manifiesta que el día del Señor no se opone al bien del hombre, sino que lo consagra.”
Santo Tomás de Aquino, al comentar este pasaje, observa que Jesús interroga antes de actuar, no para aprender, sino para enseñar. “Con su pregunta —dice—, el Señor desenmascara la dureza del corazón humano, que prefiere la observancia exterior al bien del prójimo” (Catena Aurea, Lc 14, 1-6). Para el Doctor Angélico, la curación del hidrópico es también una imagen espiritual: el hombre hinchado de soberbia y deseo terreno necesita ser sanado por la gracia que lo libera del peso del egoísmo. Así como el agua retenida oprime el cuerpo, las pasiones desordenadas oprimen el alma. Cristo, al tocar al enfermo, lo “deshincha” espiritualmente, restituyéndole la armonía interior.
Santo Tomás enseña que las obras de misericordia pertenecen a la esencia misma de la ley divina. En su Summa Theologiae (II-II, q. 32, a. 5), afirma que “hacer el bien al prójimo es siempre lícito y meritorio, porque la caridad no está sujeta a tiempos, sino a la necesidad.” Así, Jesús muestra que amar es cumplir la ley en su totalidad (cf. Rm 13,10). La acción misericordiosa de Cristo en sábado anticipa la redención: el verdadero “descanso” de Dios es la restauración del hombre.
El argumento del Señor —“¿Quién no saca a su hijo o a su buey si cae en un pozo?”— apela al sentido común y a la compasión natural. Si los hombres se conmueven ante un animal en peligro, ¿cómo no se conmovería Dios ante el sufrimiento de su criatura? La enseñanza es clara: el culto a Dios sin caridad es vacío; la liturgia sin compasión se convierte en formalismo. La auténtica observancia del sábado, y de todo mandamiento, culmina en el amor que se traduce en obras.
Jesús, al sanar y despedir al enfermo, no busca debate ni gloria; actúa, ama y sigue su camino. En Él se cumple la perfecta unión entre verdad y misericordia. La ley se ilumina en el amor, y el amor se ordena en la verdad.
Este pasaje nos invita a examinar nuestro propio modo de vivir la fe: ¿ponemos límites a la caridad? ¿Encerramos la misericordia en horarios o normas? El ejemplo de Cristo nos enseña que la verdadera santidad consiste en amar siempre, aun cuando el mundo juzgue inoportuno ese amor.
Porque el Señor del sábado no descansa mientras haya un alma oprimida; su descanso es vernos libres, sanos y reconciliados. Y en cada gesto de compasión, el cristiano participa de ese descanso divino que es, en el fondo, el gozo eterno del amor.
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