Noviembre 18, 2025
2 Macabeos 6, 18-31 Salmo 3, 2-3. 4-5. 6-7 Lucas 19, 1-10
Martes de la XXXIII semana del Tiempo ordinario
El Señor es mi defensa
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La mirada que salva
El pasaje de Lucas donde Jesús entra en la casa de Zaqueo es uno de los más profundos en su sencillez. El relato nos muestra a un hombre pequeño de estatura pero grande en deseo, que corre y se sube a un árbol sólo para ver pasar al Maestro. En ese gesto humilde se concentra toda una búsqueda espiritual: el alma humana, cargada por el peso de su propio pecado y del desprecio de los demás, se esfuerza por alcanzar una mirada redentora.
La doctrina católica reconoce en esta escena la iniciativa divina que siempre antecede al mérito humano. No es Zaqueo quien encuentra a Cristo, sino Cristo quien lo llama por su nombre. Santo Tomás de Aquino, al reflexionar sobre la gracia, enseña que el principio de la conversión no nace del esfuerzo humano sino del amor preveniente de Dios que mueve el corazón. La subida de Zaqueo al sicómoro puede verse entonces como la respuesta a una moción interior: la gracia ya obraba en él, despertando el deseo de ver al Salvador.
Jesús, al detenerse y decir “hoy quiero hospedarme en tu casa”, manifiesta la condescendencia divina que no teme entrar en la morada del pecador. Para Santo Tomás, la misericordia es la forma más alta de la justicia divina, porque no contradice la verdad del pecado, sino que la supera mediante el amor. En Zaqueo, la misericordia de Cristo no excusa el mal, sino que lo transforma. El publicano, movido por la presencia de la gracia encarnada, renuncia a su avaricia y promete reparar. Allí se cumple lo que enseña el Doctor Angélico: que la verdadera penitencia no es sólo dolor del alma, sino rectificación del obrar.
Cuando Jesús declara que la salvación ha llegado a esa casa, sella con palabras lo que ya había ocurrido en el corazón. El “hoy” del Evangelio no es una simple fecha, sino el tiempo de la gracia en el cual Dios actúa. Para Tomás, en la Encarnación el tiempo humano se abre al eterno presente de Dios, y cada encuentro con Cristo es una irrupción de ese “hoy” que salva.
Así, la historia de Zaqueo no es sólo la de un hombre que desciende de un árbol, sino la del alma que baja de su orgullo y acoge en su interior al Redentor. En el silencio de su casa, la justicia se convierte en alegría y el dinero, en medio de caridad. En ese instante, el pequeño hombre de Jericó se eleva más alto que el sicómoro, porque se ha dejado mirar por Aquel que vino a buscar y salvar lo que estaba perdido.
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