El origen de los dones raciales (Ashanti)

El origen de los dones raciales (Ashanti)

Relato mítico del pueblo ashanti, sabiduría del reino de oro

En un tiempo muy antiguo, cuando el sol hablaba con los árboles y los hombres todavía caminaban sin sombra, el Creador Nyame convocó a todos los pueblos de la tierra para entregarles sus dones. No dones de riqueza, sino de destino: aquello que los guiaría para siempre.

Nyame se sentó en un trono de luz y llamó a los hombres uno por uno. Cada quien debía presentarse y abrir las manos para recibir lo que sería suyo.

El don del africano

Primero se acercó el hombre de piel oscura, nacido donde la tierra es roja y el sol cae como un tambor. Nyame lo miró con agrado:

—Tú eres hijo de la savia profunda —dijo—. Te doy el don de la fuerza y de la memoria del espíritu, para que puedas sostener la vida incluso cuando el sol arda y el tiempo se vuelva difícil.

En sus manos colocó una semilla, pequeña pero indestructible.
De ella nacerían los bosques sagrados, los griots, los tambores que hablan y el valor para levantar pueblos enteros.

El don del europeo

El segundo fue el hombre de piel clara, nacido donde la nieve cae como pensamiento tranquilo. Nyame le dijo:

—Tú eres hijo de las montañas frías. Te doy el don de la curiosidad que no descansa, para que explores, construyas y des forma a lo que aún no existe.

En sus manos puso una piedra brillante, símbolo de la engranadora, del metal, del cálculo y de la estructura.

El don del asiático

El tercero llegó con pasos silenciosos, ojos profundos y alma paciente.
Nyame sonrió:

—Tú conoces el silencio donde otros sólo escuchan ruido. Te doy el don de la armonía, para que enseñes al mundo el equilibrio entre lo pequeño y lo grande, entre el movimiento y la quietud.

En sus manos dejó una gota de agua perfecta, que nunca se evaporaría: la sabiduría del río que fluye sin romperse.

El don del hombre del nuevo mundo

Por último, llegó el hombre nacido en las grandes llanuras y montañas del oeste.
Nyame dijo:

—Tú miras lejos, más allá de lo que tus pies tocan. Te doy el don del espíritu viajero, para caminar sobre mundos nuevos y aprender de cada uno sin olvidar el tuyo.

En sus manos colocó una pluma, ligera y viva, mensajera entre tierra y cielo.

Cuando todos recibieron sus dones, Nyame habló por última vez:

—Ahora sepan esto: ningún pueblo fue hecho completo.
Cada uno tiene lo que el otro necesita.
La tierra será armoniosa cuando recuerden que fueron creados para aprender unos de otros.

Los hombres se inclinaron y regresaron a sus tierras.
Y desde entonces, según cuentan los ancianos ashanti,
el mundo es un tejido de dones distintos que deben entrelazarse para que la humanidad respire en paz.

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