Miércoles de la I semana del Tiempo ordinario

14 de enero de 2026

1 Samuel 3, 1-10. 19-20 Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 Marcos 1, 29-39

Miércoles de la I semana del Tiempo ordinario

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

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«La compasión que sirve y la oración que sostiene»

El evangelio nos muestra a Jesús saliendo de la sinagoga y entrando en la casa de Pedro y Andrés. Allí encuentra a la suegra de Pedro en cama, con fiebre. El gesto de Jesús es sencillo y profundo: “se acercó, la tomó de la mano y la levantó”. En esa cercanía se revela el modo divino de obrar: Dios no salva a distancia. Santo Tomás de Aquino subraya que Cristo, al tocar al enfermo, no solo comunica un efecto físico, sino que transmite una presencia, un contacto de gracia que purifica y restaura.

La suegra de Pedro, al ser sanada, “se puso a servirles”. Este detalle es más que decorativo: es sacramental. La sanación verdadera conduce al servicio. Tomás afirma que la gracia no se queda estéril, sino que “tiende naturalmente al bien”, y quien recibe la visita del Señor es movido interiormente a amar y a donar. El signo de estar levantado por Cristo es la capacidad de ponerse en pie para el prójimo.

Al caer la tarde, la casa se llena de enfermos, dolientes y poseídos. La ciudad entera parece reunirse en torno a la puerta. Jesús los cura, pero no permite que los demonios hablen, porque —como explica el Aquinate— el testimonio del mal no puede ser fundamento de la verdad divina. Cristo quiere que la fe nazca de la luz, no de la confusión ni del miedo.

Tras un día agotador, Jesús se levanta muy temprano y va a un lugar solitario para orar. La humanidad de Cristo, perfecta y real, necesitaba esa intimidad con el Padre como fuente de su misión. Tomás señala que Jesús ora no por necesidad de aprender, sino para enseñarnos el camino del alma: todo apostolado que no nace de la oración se vacía, se desgasta, pierde fuego. La fuerza que sana y libera no procede del esfuerzo humano, sino de la unión con Dios.

Cuando los discípulos lo encuentran, le dicen: “Todos te buscan”. Pero Jesús responde con una claridad que sorprende: “Vámonos a otra parte… para predicar también allí; para eso he venido.” La misión no se reduce al éxito local ni a la popularidad. Santo Tomás comenta que Cristo es movido por la caridad ordenada: su deseo es que la Palabra llegue a todos, que el Reino se expanda más allá de la inmediatez, sin quedar atrapado en el entusiasmo de un pueblo.

El pasaje concluye con Jesús recorriendo Galilea, predicando y expulsando demonios. La Iglesia ve aquí el retrato vivo del Cristo misionero que camina, sana, predica y ora. Así permanece entre nosotros: levantando al abatido, curando las heridas que arden como fiebre, silenciando al enemigo, restaurando para el servicio, y recordándonos que toda misión nace en la madrugada de la oración.

El creyente encuentra en este texto una enseñanza completa:
Cristo se acerca a nuestras dolencias.
Cristo nos levanta para servir.
Cristo libera nuestras sombras.
Cristo nos muestra que sin oración no hay misión.

En la escuela de Tomás de Aquino aprendemos que el verdadero milagro no es solo sanar el cuerpo, sino ordenar el alma hacia el amor. Y ese orden nuevo comienza, como en la casa de Pedro, con una mano extendida que vuelve a levantarnos.

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