Jueves de la III semana del Tiempo ordinario

29 de enero de 2026

2 Samuel 7, 18-19. 24-29 Salmo 131, 1-2. 3-5. 11. 12. 13-14 Marcos 4, 21-25

Jueves de la III semana del Tiempo ordinario

Dios le dará el trono de su padre David

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«La luz recibida está llamada a iluminar»

Después de la parábola del sembrador, Jesús continúa instruyendo a sus discípulos con imágenes breves y densas. Pregunta:
«¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama?»
La respuesta es evidente: la lámpara se coloca en lo alto para iluminar. Con esta imagen, Cristo revela la dinámica propia de la verdad divina: la luz no existe para ocultarse, sino para manifestarse.

Santo Tomás de Aquino explica que la luz es uno de los símbolos más perfectos de la verdad, porque se comunica sin perderse y permite ver todas las cosas en su justo orden. La Palabra de Dios, recibida en el corazón, no está destinada a permanecer en lo íntimo como un tesoro privado, sino a irradiarse en la vida, en las obras y en el testimonio.

Jesús añade:
«No hay nada oculto que no deba manifestarse, ni secreto que no deba ser descubierto.»
Estas palabras no anuncian una curiosidad indiscreta, sino una revelación progresiva del Reino. Para Tomás, el plan de Dios avanza por etapas: lo que ahora se da como misterio será, en su tiempo, plenamente revelado. Pero esta manifestación depende también de la disposición interior del que escucha.

Por eso Jesús insiste:
«El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Oír, en sentido bíblico, no es solo percibir sonidos, sino acoger con obediencia. Santo Tomás subraya que el conocimiento espiritual crece en quien se deja transformar por lo que escucha. La escucha verdadera compromete la voluntad y orienta la vida.

El Señor concluye con una advertencia solemne:
«Fíjense bien en lo que oyen: la medida con que midan se les medirá, y se les añadirá.»
Aquí se expresa una ley espiritual profunda. Para Tomás, Dios da su gracia según la capacidad del recipiente. Quien escucha con atención, humildad y deseo sincero de vivir la verdad, recibe más luz; quien escucha con indiferencia o dureza, termina perdiendo incluso lo poco que parecía tener.

La frase final es especialmente incisiva:
«Al que tiene se le dará; al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.»
No se trata de una injusticia divina, sino del dinamismo de la vida espiritual. La verdad acogida se expande; la verdad rechazada se apaga. El corazón se dilata o se contrae según su apertura al don de Dios.

Este pasaje interpela directamente al creyente:
– ¿dónde coloco la lámpara que he recibido?
– ¿vivo mi fe como luz visible o la escondo por comodidad, temor o rutina?
– ¿escucho la Palabra con deseo de conversión o solo como información religiosa?

Santo Tomás enseña que la gracia no es estática: crece con el uso y se debilita con el descuido. Marcos 4, 21-25 nos recuerda que la fe auténtica siempre tiende a iluminar y a multiplicarse. Quien recibe la luz de Cristo está llamado no solo a conservarla, sino a dejar que brille, para que otros vean y glorifiquen a Dios.

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