Viernes de la II semana del Tiempo ordinario

23 de enero de 2026

1 Samuel 24, 3-21 Salmo 56, 2. 3-4. 6 y 11 Marcos 3, 13-19

Viernes de la II semana del Tiempo ordinario

 Señor, apiádate de mí

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«Llamados para estar con Él»

Jesús sube al monte y llama a los que Él quiso, y ellos acudieron. El evangelista subraya con sobriedad una verdad decisiva: el apostolado nace de la iniciativa soberana de Cristo, no de la aspiración humana. Nadie se elige a sí mismo para la misión; es el Señor quien convoca. Para Santo Tomás de Aquino, esta llamada es siempre un acto de gracia preveniente, anterior a cualquier mérito: Dios llama primero, y el hombre responde después.

El monte no es un detalle geográfico accidental. En la Escritura, el monte es lugar de revelación, de alianza y de cercanía con Dios. Así como Moisés recibió la Ley en el Sinaí, Jesús, nuevo y definitivo Legislador, constituye en el monte al nuevo Israel, representado por los Doce. Tomás explica que el número doce no es arbitrario: simboliza la plenitud del pueblo de Dios, fundado ahora no sobre la ley escrita en piedra, sino sobre personas transformadas por la comunión con Cristo.

El evangelio indica con claridad la finalidad de la elección:
“Para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar.”
Este orden es fundamental. Antes del envío está la comunión. Antes de la misión, la permanencia. Santo Tomás insiste en que nadie puede comunicar lo que no posee: el apóstol debe primero estar con Cristo, escucharle, dejarse formar, para luego anunciarlo. Toda fecundidad apostólica brota de esta intimidad.

Jesús les da también autoridad para expulsar demonios. No se trata solo de predicar con palabras, sino de participar en la lucha espiritual del Reino contra el mal. Para Tomás, esta potestad es signo de que el apostolado no es una función humana, sino una participación en la autoridad de Cristo, que vence al pecado, al error y a la esclavitud espiritual.

El evangelista enumera los nombres de los Doce. La lista es sobria, pero teológicamente elocuente. Aparecen pescadores, un recaudador de impuestos, hombres de temperamento fuerte, otros más discretos; incluso Judas Iscariote, “el que lo entregó”. Santo Tomás subraya aquí un misterio profundo: Dios elige instrumentos frágiles para que quede claro que la obra es suya. La elección de Judas no es un error divino, sino parte del drama de la libertad humana, que puede resistirse incluso a la gracia más alta.

La constitución de los Doce es, para la Iglesia, el fundamento del ministerio apostólico. Aquí se encuentra el origen de la sucesión apostólica y de la autoridad eclesial. Pero este pasaje no se reduce a una dimensión institucional: revela también la lógica espiritual de toda vocación cristiana. Cada bautizado es llamado, en su estado de vida, a vivir el mismo dinamismo:
– ser llamado por Cristo,
– estar con Él,
– ser enviado según la propia misión.

El creyente descubre en este texto que la vocación no es primero una tarea, sino una relación. Cristo no llama para usar, sino para compartir su vida. Y desde esa comunión, envía a transformar el mundo.

En la escuela de Santo Tomás aprendemos que la gracia no anula la naturaleza, sino que la eleva. Los Doce no dejan de ser lo que son; pero, estando con Cristo, se convierten en fundamento visible de un Reino que no pasará. La Iglesia nace así: de hombres llamados por amor, sostenidos por la gracia y enviados con autoridad que no es propia, sino recibida.

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