25 de enero de 2026
Isaías 8, 23b–9, 3 Salmo 26, 1. 4. 13-14 1 Corintios 1, 10-13. 17 Mateo 4, 12-23
III Domingo Ordinario
El Señor es mi luz y mi salvación
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«La luz que irrumpe y llama a seguirla»
Comentario católico a Mateo 4, 12-23
(con ecos de Santo Tomás de Aquino)
El evangelio comienza con un dato sobrio y cargado de significado: Juan ha sido arrestado. Con este acontecimiento se cierra una etapa y se abre otra. Jesús se retira a Galilea y fija su morada en Cafarnaúm, “junto al mar”, en territorio de Zabulón y Neftalí. Mateo ve en este gesto el cumplimiento de la profecía de Isaías: la luz ha brillado en la región de sombra y muerte. Para Santo Tomás de Aquino, la elección de este lugar no es casual: Dios comienza su obra no en los centros del poder religioso, sino en los márgenes, allí donde la oscuridad es más espesa y la necesidad más profunda.
Desde ese momento, Jesús proclama el núcleo del Evangelio:
«Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca».
No anuncia primero normas ni amenazas, sino una presencia. El Reino no es una idea abstracta; es la cercanía misma de Dios en la persona de Cristo. Tomás enseña que la conversión auténtica no es solo cambio exterior de conducta, sino una reorientación interior del alma hacia Dios, movida por la gracia. El llamado de Jesús no oprime, sino que despierta: invita a salir de la tiniebla hacia la luz.
Caminando junto al mar de Galilea, Jesús ve a Simón y Andrés, luego a Santiago y Juan. Están en su trabajo cotidiano, ocupados en redes, barcas y familia. Allí irrumpe la palabra decisiva:
«Síganme, y los haré pescadores de hombres».
La llamada de Cristo es directa, personal y transformadora. Santo Tomás subraya que en la vocación cristiana hay siempre dos movimientos inseparables: la iniciativa gratuita de Dios y la respuesta libre del hombre. Ellos “dejaron inmediatamente las redes”. No porque las redes fueran malas, sino porque algo mayor se había hecho presente.
El seguimiento no es solo abandono, sino nueva finalidad. Jesús no anula lo que eran; lo eleva. De pescadores de peces pasan a colaboradores del Reino. Tomás diría que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona y la orienta hacia un fin más alto. La prontitud de los discípulos revela que la llamada de Cristo toca lo más profundo del corazón humano, allí donde ninguna seguridad material puede competir con la verdad divina.
El pasaje concluye con una visión sintética del ministerio de Jesús:
– enseñaba en las sinagogas,
– proclamaba el Evangelio del Reino,
– curaba toda enfermedad y dolencia del pueblo.
Aquí se revela la armonía perfecta entre palabra y acción. Para Santo Tomás, Cristo es Maestro porque enseña la verdad, Rey porque anuncia el Reino, y Médico porque sana al hombre entero. No hay separación entre doctrina y misericordia: la verdad ilumina, y la caridad restaura.
Mateo 4, 12-23 es, así, un retrato inaugural de la vida cristiana:
– una luz que irrumpe en la oscuridad;
– una llamada que se escucha en lo cotidiano;
– una conversión que reordena la vida;
– una misión que nace del seguimiento.
El creyente es invitado a reconocerse en estas orillas de Galilea: allí donde Cristo pasa hoy, pronunciando la misma palabra que no ha perdido fuerza con los siglos: “Sígueme”. Y quien la acoge, entra en la luz del Reino que ya está cerca.
- Memoria de San Juan Bosco, presbítero

- Viernes de la III semana del Tiempo ordinario

- Jueves de la III semana del Tiempo ordinario

- Memoria de Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia

- Martes de la III semana del Tiempo ordinario

- Memoria de Santos TimoteO y Tito, obispos

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