Febrero 11, 2026
1 Reyes 10, 1-10 Salmo 36, 5-6. 30-31. 39-40 Marcos 7, 14-23
Miércoles de le V semana del tiempo ordinario
Rectas y sabias son las palabras del justo
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La verdadera impureza nace del corazón
En este pasaje del Evangelio según San Marcos, Jesús profundiza la enseñanza iniciada antes y conduce a sus discípulos al núcleo moral del Evangelio: el mal no procede de lo externo, sino del interior del hombre. Con autoridad divina, Cristo redefine la noción de pureza a la luz del corazón humano.
1) No lo que entra, sino lo que sale
Jesús declara que ningún alimento puede manchar al hombre espiritualmente, porque no entra en el corazón, sino en el vientre. Con esto no desprecia la ley antigua, sino que revela su cumplimiento.
Para la doctrina católica, este texto afirma que el pecado es siempre un acto personal, que brota de la libertad mal usada. No somos impuros por contacto material, sino por decisiones interiores contrarias al bien.
2) El corazón como sede moral
Cristo enumera los males que proceden del interior: malos pensamientos, soberbia, envidia, injusticia, blasfemia. Aquí el “corazón” no es solo el sentimiento, sino el centro de la persona, donde inteligencia y voluntad se unen.
Según Santo Tomás de Aquino, el pecado comienza en el orden interior del apetito y de la razón. Cuando la razón se oscurece y la voluntad se inclina desordenadamente, las obras externas se corrompen. Por eso, la moral cristiana no se reduce a normas visibles, sino a la rectitud interior.
3) La raíz del pecado y la necesidad de la gracia
Santo Tomás enseña que los vicios enumerados por Cristo no son solo actos aislados, sino hábitos del alma cuando el hombre se aparta de su fin último, que es Dios. Esta enseñanza subraya una verdad central: el hombre no puede purificarse solo.
La conversión del corazón requiere la gracia, que sana la inteligencia y fortalece la voluntad. Sin ella, el esfuerzo moral se vuelve insuficiente.
Síntesis doctrinal
Marcos 7, 14-23 enseña que la verdadera pureza es interior y espiritual. En la visión tomista, el Evangelio no propone una moral superficial, sino una transformación profunda del corazón, donde la gracia ordena la razón, purifica la voluntad y hace posible una vida conforme a la verdad y a la caridad.
Cristo no solo denuncia el mal: ofrece el camino para ser renovados desde dentro.
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