Febrero 24, 2026
Isaías 55, 10-11 Salmo 33, 4-5. 6-7. 16-17. 18-19 Mateo 6, 7-15
Martes de la I semana de Cuaresma
El Señor libra al justo de todas sus angustias
#lecturadeldia
La Oración Filial que Ordena el Corazón
En este pasaje del Evangelio según san Mateo, el Señor purifica la comprensión humana de la oración y la restituye a su verdad más profunda. Jesús advierte contra la verbosidad vacía, contra la ilusión de que Dios pueda ser persuadido por la acumulación de palabras. La oración cristiana no es técnica de persuasión ni mecanismo mágico; es acto de filiación. El Padre ya sabe lo que necesitamos antes de que lo pidamos, y precisamente por eso la oración no consiste en informar a Dios, sino en ordenar el corazón humano hacia Él.
Según enseña Tomás de Aquino, la oración no cambia la voluntad divina —que es eterna e inmutable— sino que dispone al hombre a recibir aquello que Dios ha querido conceder desde siempre. En la Summa Theologiae afirma que oramos no para instruir a Dios, sino para ejercitar nuestro deseo y para reconocer que todo bien procede de Él. La multiplicación de palabras se vuelve vana cuando nace de la desconfianza; en cambio, la repetición perseverante, cuando brota del amor, es expresión legítima de fe. La diferencia no está en la cantidad, sino en la intención.
Cristo entrega entonces el Padre Nuestro como forma perfecta de oración. La tradición católica lo ha considerado siempre síntesis del Evangelio entero. En él se revela el orden del amor. Antes de pedir lo que necesitamos, el alma se eleva hacia Dios mismo: su Nombre, su Reino, su Voluntad. Este orden no es casual. Santo Tomás subraya que el deseo recto comienza en el Bien supremo y sólo después se dirige a los bienes subordinados. Buscar primero la gloria de Dios es el acto propio de la caridad bien ordenada.
Cuando el orante pide el pan cotidiano, no se limita al sustento material. La tradición ve también aquí una alusión al Pan eucarístico, alimento que sostiene la vida sobrenatural. Al pedir el perdón, reconoce su condición de deudor ante Dios. Pero la súplica queda unida a una exigencia: perdonar a los demás. La caridad no admite divisiones. El corazón que se niega a perdonar se cierra a la gracia, no porque Dios retire arbitrariamente su misericordia, sino porque el alma endurecida se incapacita para recibirla. El perdón fraterno no es un sentimiento pasajero, sino un acto deliberado de la voluntad que coopera con la gracia.
La petición de no caer en tentación no significa que Dios induzca al mal, sino que imploramos su auxilio para no sucumbir en la prueba. Y cuando pedimos ser librados del mal, reconocemos la realidad del combate espiritual y la necesidad constante de la Providencia divina.
Este pasaje revela, en definitiva, que la oración cristiana es relación filial y transformación interior. No es un discurso dirigido a un Dios distante, sino la respiración del alma que vive en dependencia amorosa. Para la teología de santo Tomás, el Padre Nuestro no sólo enseña qué pedir, sino cómo desear. Orar así es permitir que la voluntad humana se armonice con la voluntad eterna de Dios, hasta que el hombre quiera lo que Dios quiere y encuentre en ello su paz.
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