CUANDO TODOS VEÍAN ESCLAVOS, ÉL VIO HIJOS DE DIOS
El barco llegó a Cartagena de Indias después de semanas de navegación. En el puerto había comerciantes, marineros y hombres que esperaban ansiosamente la llegada de la mercancía. Pero aquella vez, como tantas otras, la carga que descendía del barco no eran solamente objetos. En las bodegas viajaban hombres, mujeres y niños africanos que habían sido arrancados de sus tierras y transportados por la fuerza a través del Atlántico. Muchos estaban enfermos, debilitados por el hambre, heridos y aterrorizados. Para algunos de los que esperaban en el puerto eran simplemente mercancía. Para un sacerdote que se acercaba apresuradamente al barco eran algo completamente distinto: eran personas. Se llamaba Pedro Claver.
Nacido en Verdú, Cataluña, en 1580, Pedro Claver había ingresado en la Compañía de Jesús y llegó a Cartagena de Indias en 1610. Allí descubrió el lugar donde quería entregar el resto de su vida. Cuando se anunciaba la llegada de un barco negrero, Claver no se quedaba en la seguridad de su convento. Bajaba al puerto y entraba en las bodegas. Descendía hacia aquellos espacios oscuros donde se encontraban los esclavizados después de la terrible travesía. Llevaba alimentos, agua, medicinas y ropa, pero llevaba también algo que para muchos de ellos podía ser todavía más importante: la certeza de que alguien los veía como seres humanos.
Claver se acercaba a ellos sin miedo. Atendía sus heridas, consolaba a los enfermos y trataba de comunicarse mediante intérpretes. Aprendió lenguas utilizadas por los africanos que llegaban a Cartagena porque quería hablarles no solamente de Dios, sino también con ellos, escuchar sus historias y comprender su sufrimiento. Para él, la evangelización nunca podía separarse de la caridad. No podía anunciarles que Dios los amaba mientras permanecía indiferente ante sus necesidades. Por eso su fe se convirtió en algo que podía tocarse: en un plato de comida para el hambriento, en una medicina para el enfermo, en una mano sobre el hombro de quien tenía miedo y en la presencia de alguien que permanecía allí cuando todos los demás se habían marchado.
Pero Pedro Claver no desaparecía cuando el barco abandonaba el puerto. Volvía a buscar a aquellas personas. Las visitaba, las instruía en la fe, administraba los sacramentos y procuraba defender su dignidad. Su ministerio llegó a abarcar a decenas de miles de personas. Y fue precisamente en medio de aquella realidad donde decidió definir su propia existencia con una frase que se convertiría en el resumen de toda su vida: «Pedro Claver, esclavo de los esclavos para siempre». No era una metáfora piadosa. Era una decisión. En una sociedad que había reducido a seres humanos a mercancía, él quiso hacerse servidor de aquellos que habían sido colocados en el último lugar.
Con los años, su cuerpo comenzó a debilitarse. El hombre que durante décadas había bajado a las bodegas para atender el sufrimiento de otros tuvo finalmente que experimentar sus propias limitaciones. Enfermo y cada vez más debilitado, ya no podía hacer todo lo que había hecho durante tantos años. Sin embargo, su vida había dejado una huella profunda. Murió en Cartagena de Indias en 1654, después de haber dedicado prácticamente toda su existencia a aquellos que la sociedad había aprendido a ignorar.
Fue canonizado en 1888 por el papa León XIII. Pero quizá lo más impresionante de su historia no sea solamente que la Iglesia lo haya declarado santo, sino que su vida todavía nos obliga a hacernos una pregunta: ¿a quiénes hemos dejado de ver? Porque es relativamente fácil reconocer la dignidad de quien se parece a nosotros, habla como nosotros o pertenece a nuestro círculo. Lo difícil es reconocerla en aquel que la sociedad considera insignificante, extranjero, pobre, incómodo o diferente.
Pedro Claver hizo precisamente lo contrario. Mientras otros veían esclavos, él veía personas. Mientras otros veían mercancía, él veía hijos de Dios. Mientras otros descendían a las bodegas para contar la carga, él descendía para encontrarse con el sufrimiento humano. Y quizá por eso su historia sigue siendo tan poderosa: porque nos recuerda que el cristianismo no consiste solamente en mirar hacia el cielo. A veces consiste en bajar a las bodegas, entrar donde nadie quiere entrar, acercarse a quien todos han abandonado y descubrir, en medio de la oscuridad, el rostro de Cristo.
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