APRENDER A VER A DIOS EN LOS DEMÁS: LA PARADOJA DEL AMOR VERDADERO

APRENDER A VER A DIOS EN LOS DEMÁS: LA PARADOJA DEL AMOR VERDADERO

Una profunda reflexión de la Madre Angélica sobre el amor, la humildad y nuestra manera de mirar al prójimo.

La Madre Angélica nos propone una reflexión que desafía nuestra manera habitual de relacionarnos con los demás: «Es más fácil ver a Dios en el pecador porque debo hacer un esfuerzo para conseguirlo. Una de las paradojas de la vida es que corro el riesgo de perder de vista a Dios en aquellos a quienes resulta fácil amar, porque comienzo a buscar mi propio bien en ellos».

Estas palabras encierran una importante enseñanza espiritual. A veces nos resulta más sencillo reconocer la necesidad de misericordia en quien ha caído, en quien sufre o en quien necesita ayuda. Su fragilidad nos obliga a mirar más allá de sus defectos y a descubrir que sigue siendo una persona amada por Dios.

Sin embargo, existe otro peligro, quizá más sutil: convertir el amor hacia quienes nos rodean en una búsqueda de nuestra propia satisfacción. Amamos a quienes nos comprenden, nos acompañan, nos hacen sentir bien o responden a nuestras expectativas. Pero ¿los amamos verdaderamente por lo que son o por lo que recibimos de ellos?

El Evangelio nos recuerda que Cristo nos pide amar sin esperar recompensa: «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?» (Lc 6,32).

El amor cristiano no puede reducirse a una relación de conveniencia. Amar significa reconocer la dignidad del otro, incluso cuando no nos resulta agradable, cuando nos decepciona o cuando no puede ofrecernos nada a cambio.

Esto tampoco significa justificar el pecado ni renunciar a la verdad. Significa aprender a distinguir entre la persona y sus errores, entre la debilidad humana y la dignidad que Dios nunca deja de ofrecerle.

Quizá el verdadero desafío espiritual consiste precisamente en esto: dejar de buscar nuestro propio beneficio en quienes amamos y comenzar a buscar en ellos la presencia de Dios.

Porque cuando dejamos de preguntarnos qué recibimos del prójimo y empezamos a preguntarnos cómo podemos amarlo mejor, nuestro corazón comienza a parecerse un poco más al de Cristo.

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