Septiembre 10, 2025
Colosenses 3, 1-11 Salmo 144, 2-3. 10-11. 12-13ab Lucas 6, 20-26
Miércoles de la XXIII semana del Tiempo ordinario
El Señor es bueno con todos
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El pasaje de Lucas 6,20-26 nos sitúa frente a una paradoja evangélica: Cristo proclama dichosos a los pobres, los hambrientos, los que lloran y los perseguidos, mientras advierte con severidad a los ricos, saciados, rientes y a los aplaudidos por los hombres. A primera vista, esta inversión de valores parece contradecir la lógica del mundo, pero en realidad revela la lógica del Reino de Dios.
Las bienaventuranzas son como el “retrato” de Cristo y, al mismo tiempo, la senda hacia la verdadera felicidad del hombre. El Catecismo (nn. 1716-1717) afirma que ellas describen la fisonomía del discípulo y manifiestan el amor de Dios, que premia no lo exterior ni lo efímero, sino la fidelidad y la pureza de corazón.
Santo Tomás de Aquino, en la Summa Theologiae (II-II, q.69), profundiza en el sentido de las bienaventuranzas y explica que ellas no son meras promesas futuras, sino anticipos de la gloria eterna ya en esta vida. Para el Doctor Angélico, la pobreza en espíritu, el hambre y la sed de justicia, y la aceptación de la persecución no son desgracias, sino disposiciones del alma que ordenan al hombre hacia Dios, liberándolo de la esclavitud de los bienes temporales. Quien es pobre de espíritu —dice Tomás— no es tanto el carente de riquezas materiales cuanto aquel que, teniéndolas o no, no se apega a ellas y busca en Dios su suficiencia.
En cambio, los “ayes” pronunciados por Cristo no son condenas arbitrarias, sino advertencias llenas de amor. El rico que pone su seguridad en lo que posee, el que se sacia olvidando al prójimo, el que ríe de manera superficial sin abrirse al sufrimiento redentor, y el que busca halagos en lugar de la verdad, ya han recibido “su recompensa”. Santo Tomás comenta que estos estados no son en sí mismos malos, pero se convierten en ocasión de perdición cuando oscurecen la orientación del corazón hacia el bien supremo. El gozo verdadero no se encuentra en la riqueza ni en la adulación, sino en la unión con Dios.
De este modo, Cristo nos invita a un discernimiento radical: no absolutizar los bienes pasajeros, sino ordenarlos en caridad y en justicia. El discípulo, siguiendo las bienaventuranzas, aprende a valorar la pobreza, el sufrimiento y la persecución como participación en la cruz de Cristo, que conduce a la gloria de la resurrección. Así, la paradoja se resuelve: lo que el mundo desprecia, Dios lo eleva; lo que el mundo exalta, puede ser obstáculo para la eternidad.
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