August 8, 2025
Deuteronomio 4, 32-40 Salmo 76, 12-13. 14-15. 16 y 21 Mateo 16, 24-28
Memoria de Santo Domingo, presbítero
Recordaré los prodigios del Señor
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En este pasaje del Evangelio según san Mateo, Jesús dirige a sus discípulos una enseñanza exigente y profundamente espiritual: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Estas palabras resumen el corazón del discipulado cristiano. No se trata simplemente de aceptar exteriormente las enseñanzas de Cristo, sino de asumir interiormente un camino de renuncia, sacrificio y seguimiento total. Negarse a uno mismo es dejar de vivir según el deseo desordenado de la propia voluntad, del egoísmo y del orgullo, para vivir en plena disponibilidad a la voluntad de Dios. Según Santo Tomás de Aquino, esta negación del yo implica una muerte espiritual del hombre viejo, para que viva en nosotros el hombre nuevo, conforme a Cristo.
La cruz que cada discípulo debe cargar no es solamente un símbolo del sufrimiento, sino una participación real en el sacrificio redentor de Cristo. Como enseña la doctrina católica, el sufrimiento unido a Cristo adquiere un valor redentor. Tomar la cruz es aceptar, con amor y fe, las dificultades cotidianas, las pruebas y renuncias, en unión con la Pasión del Señor. Santo Tomás recoge en su Catena Aurea la explicación de San Jerónimo, quien dice que “tomar la cruz” significa estar dispuesto a sufrir hasta la muerte por Cristo. Así, el seguimiento no es solo imitación, sino comunión profunda con el Redentor en su misterio pascual.
Jesús continúa diciendo: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”. Aquí se revela una paradoja evangélica: quien se aferra a su vida terrena, buscando seguridad y bienestar egoísta, terminará perdiendo la vida verdadera, que es la eterna. En cambio, quien está dispuesto a perder su vida por fidelidad a Cristo, aunque sufra persecución o incluso la muerte, ganará la vida definitiva. Santo Tomás explica que hay dos formas de vida: la temporal y la eterna. La primera se pierde por la segunda, o la segunda se pierde por apegarnos desordenadamente a la primera. Por eso, el amor verdadero se mide por la capacidad de despreciar lo pasajero por lo eterno.
Jesús plantea entonces una pregunta que interpela el corazón humano: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” Con estas palabras, el Señor nos muestra que el alma humana tiene un valor superior a cualquier bien material. El mundo, con toda su riqueza, poder o placer, no puede comprar la salvación del alma. San Agustín, citado por Tomás de Aquino, afirma que “nada hay más precioso que el alma”. Esta verdad debe mover al cristiano a poner la mirada en los bienes eternos y no dejarse seducir por las vanidades de este mundo, que pasan.
El Señor anuncia también que llegará el día en que el Hijo del Hombre vendrá con gloria y acompañado de sus ángeles, para juzgar a cada uno según sus obras. Aquí se enseña claramente el dogma del juicio final. La fe católica sostiene que Cristo, glorificado, volverá al final de los tiempos para juzgar a vivos y muertos, no según intenciones vagas o palabras, sino según las obras realizadas en esta vida. Santo Tomás enseña que este juicio será plenamente justo, pues Dios ve todo el obrar del hombre, incluso lo más oculto. Pero también será un juicio de misericordia para quienes hayan vivido en gracia.
Finalmente, Jesús dice algo misterioso: “Algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino”. Esta afirmación ha sido interpretada de diversas maneras por los Padres de la Iglesia y por Santo Tomás. Algunos ven en esta frase una referencia a la Transfiguración que sucede poco después, donde Cristo se muestra glorioso ante Pedro, Santiago y Juan. Otros interpretan que se refiere al inicio de la Iglesia tras Pentecostés, o incluso a la destrucción de Jerusalén como un signo del juicio divino. En todos los casos, queda claro que el Reino de Dios ya ha comenzado en la historia, y se hace visible allí donde los corazones se convierten y acogen a Cristo como Señor.
Este pasaje, entonces, nos llama con fuerza a una decisión radical por Cristo: negarse a uno mismo, cargar la cruz, despreciar los bienes pasajeros y vivir orientados a la vida eterna. La verdadera ganancia no está en conservar la vida temporal, sino en entregarla por amor a Dios. Como dice Santo Tomás, solo el que ama lo eterno puede renunciar a lo presente. Y ese amor, sostenido por la gracia, nos prepara para comparecer con esperanza ante el juicio del Señor.
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