Novena de Pentecostés: Reflexiones Diarias

30 de mayo

Novena de Pentecostés —Día 1

Hechos 18:9-18 Salmos 47:2-7 Juan 16:20-23

nueve días para el espíritu santo

“Todo lo que pidan al Padre, Él se lo concederá en Mi Nombre” (Juan 16:23).

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El pasaje de Juan 16:20-23 nos sumerge en el corazón del discurso de despedida de Jesús, donde, con palabras cargadas de consuelo y esperanza, prepara a sus discípulos para el misterio de su Pasión y Resurrección. “En verdad, en verdad os digo: lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo se alegrará; estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16:20). Estas palabras, pronunciadas en la intimidad de la Última Cena, son un faro de luz que ilumina el camino de la fe cristiana, invitándonos a contemplar la paradoja del dolor redentor y la alegría eterna.

Jesús, al anunciar la tristeza de los discípulos y la alegría del mundo, pone de manifiesto el contraste entre la lógica divina y la mundana. El mundo, en su ceguera, se regocija ante la aparente derrota de Cristo en la Cruz, pero esta alegría es efímera, pues está desconectada de la verdad. Los discípulos, en cambio, experimentarán una tristeza real, pero pasajera, que dará paso a un gozo indestructible. La doctrina católica nos enseña que la Cruz es el centro de la redención, el lugar donde el sufrimiento humano es asumido por Cristo para transformarlo en un acto de amor salvífico. Como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, “por su Pasión y su muerte en la cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: ahora puede configurarnos con Él y unirnos a su Pasión redentora” (CIC 1505). Esta transformación del dolor en gozo es el núcleo del mensaje de Jesús en este pasaje.

Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologiae, profundiza en la naturaleza redentora del sufrimiento de Cristo, afirmando que la Pasión no fue solo necesaria para la salvación, sino también un modelo para los fieles (ST III, q. 46, a. 3). La tristeza de los discípulos, al perder la presencia física de su Maestro, es un reflejo de la prueba que purifica la fe. En su comentario al Evangelio de Juan (Super Ioannem, c. 16, lect. 4), Santo Tomás explica que la tristeza de los discípulos es temporal, como el dolor de una madre en el parto, porque está ordenada a un fin mayor: la alegría de la Resurrección. La imagen del parto, que Jesús emplea en Juan 16:21, es especialmente significativa. “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del dolor, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre”. Esta metáfora no solo alude a la Resurrección de Cristo, sino también al nacimiento de la nueva creación, donde los discípulos, renovados por el Espíritu, se convierten en testigos de la vida eterna.

La promesa de Jesús, “y vosotros ahora estáis tristes, pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16:22), es un eco de la esperanza teologal que define la vida cristiana. Santo Tomás, al tratar de la virtud de la esperanza (ST II-II, q. 17, a. 1), subraya que el cristiano no espera bienes temporales, sino la unión eterna con Dios, que es la fuente de toda alegría. Este gozo, que nadie puede arrebatar, no depende de las circunstancias externas, sino de la presencia de Cristo resucitado, mediada por la gracia del Espíritu Santo. La doctrina católica nos recuerda que la Resurrección no es un mero evento histórico, sino una realidad viva que transforma el corazón de los creyentes, permitiéndoles participar ya ahora en la vida divina (CIC 1003). La alegría prometida por Jesús trasciende el dolor porque está anclada en la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y la muerte.

Además, las palabras de Jesús en Juan 16:23, “en aquel día no me preguntaréis nada”, sugieren una nueva etapa en la relación de los discípulos con Él. En la luz de la Resurrección y la venida del Espíritu Santo, los discípulos comprenderán plenamente las enseñanzas de Cristo. Santo Tomás, en su análisis de la oración (ST II-II, q. 83, a. 13), destaca que la verdadera oración no busca solo respuestas inmediatas, sino la unión con la voluntad de Dios. En “aquel día”, los discípulos, iluminados por el Espíritu, pedirán al Padre en el nombre de Cristo, y sus peticiones estarán alineadas con el plan divino. Esta promesa refuerza la certeza de que la comunión con Dios, facilitada por Cristo, es la fuente de toda plenitud.

En nuestra vida, este pasaje nos invita a abrazar las “horas” de dolor con la confianza de que, en Cristo, toda tristeza será transformada. La doctrina católica nos exhorta a ofrecer nuestros sufrimientos en unión con la Cruz, sabiendo que “el sufrimiento, consecuencia del pecado original, recibe un sentido nuevo: es una participación en la obra salvífica de Jesús” (CIC 1521). Santo Tomás nos anima a vivir con esperanza, recordándonos que “la felicidad última del hombre consiste en la visión de Dios” (ST I-II, q. 3, a. 8). Así, Juan 16:20-23 nos llama a perseverar en la fe, a confiar en la presencia de Cristo incluso en los momentos de oscuridad, y a esperar con alegría el día en que, viéndolo cara a cara, nuestro gozo será completo, un gozo que nadie podrá arrebatarnos, porque está fundado en el amor eterno de Dios.

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