1 de junio
Ascensión
Novena de Pentecostés — Día 3
Hechos 1:1-11 Hebreos 9:24-28; 10:19-23 o Efesios 1:17-23 Salmos 47:2-3, 6-9 Lucas 24:46-53
Ascención
“¿Por qué siguen mirando al cielo?” (Hechos 1:11)
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El pasaje de Lucas 24:46-53, que narra las palabras finales de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión, es un momento culminante en la historia de la salvación, donde se condensan la promesa cumplida del Resucitado y la misión confiada a la Iglesia. Jesús, con la autoridad del Hijo de Dios, explica que “era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día” (Lc 24:46), abriendo las Escrituras para mostrar cómo todo lo profetizado se ha cumplido en Él. Este pasaje no solo revela el designio divino, sino que invita a una reflexión profunda sobre la fe, la misión evangelizadora y la esperanza en la gloria celestial.
La Revelación del Misterio Pascual
Jesús, al hablar de la necesidad de su pasión, muerte y resurrección, ilumina el plan de Dios trazado desde la eternidad. Como señala santo Tomás en la Summa Theologiae (III, q. 46, a. 1), la pasión de Cristo fue necesaria no por una coacción externa, sino por la lógica del amor divino, que quiso redimir a la humanidad mediante el sacrificio del Verbo encarnado. En Lucas 24:46, Jesús no solo confirma esta verdad, sino que la fundamenta en las Escrituras, mostrando que la cruz no es un accidente, sino el cumplimiento de la voluntad del Padre. Esta enseñanza nos invita a contemplar la cruz no como un símbolo de derrota, sino como el trono de la victoria divina, donde el amor triunfa sobre el pecado y la muerte.
La resurrección, por su parte, es el sello de esta victoria. Santo Tomás, en su comentario a la resurrección (ST III, q. 53, a. 1), explica que Cristo resucitó para manifestar su divinidad, confirmar la fe de los discípulos y darnos la esperanza de nuestra propia resurrección. En el contexto de Lucas, Jesús no solo resucita, sino que instruye a los discípulos para que comprendan que este misterio no es un fin en sí mismo, sino el comienzo de una misión: “que en su nombre se predicara la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones” (Lc 24:47). Aquí se encuentra el corazón de la vocación cristiana: ser testigos de la redención.
La Misión Evangelizadora
La encomienda de Jesús a los discípulos de predicar a todas las naciones refleja la universalidad de la salvación, un tema que santo Tomás desarrolla al hablar de la misión de la Iglesia (ST III, q. 8, a. 3). Cristo, como cabeza de la humanidad, nos une a todos en su cuerpo místico, y la predicación del Evangelio es el medio por el cual esta unión se realiza. Lucas subraya que esta misión comienza en Jerusalén, pero se extiende a todos los pueblos, prefigurando la catolicidad de la Iglesia. Para santo Tomás, la predicación no es solo un acto humano, sino una participación en la obra divina, pues los apóstoles, y con ellos todos los cristianos, son instrumentos de la gracia de Dios que llama a la conversión.
Esta misión, sin embargo, no se apoya en las fuerzas humanas. Jesús promete el envío del Espíritu Santo: “Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido” (Lc 24:49). Aquí, santo Tomás nos recordaría que la eficacia de la predicación depende de la gracia divina (ST II-II, q. 177, a. 1), pues solo el Espíritu puede mover los corazones hacia la fe y la conversión. Los discípulos deben “permanecer en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto” (Lc 24:49), una invitación a la paciencia y a la confianza en la providencia divina, virtudes esenciales para el cristiano que vive en esperanza.
La Ascensión y la Esperanza de la Gloria
El pasaje culmina con la Ascensión de Jesús, quien, tras bendecir a sus discípulos, “fue llevado al cielo” (Lc 24:51). Este momento, lejos de ser una despedida, es la consumación de la obra redentora de Cristo. Santo Tomás, en su tratado sobre la Ascensión (ST III, q. 57), explica que Cristo ascendió para preparar un lugar para nosotros en el cielo, interceder por nosotros ante el Padre y enviarnos los dones del Espíritu. La Ascensión no separa a Jesús de sus discípulos, sino que lo sitúa en una nueva relación con ellos, ahora como el Señor glorificado que guía a la Iglesia desde el cielo.
Los discípulos, tras presenciar este misterio, regresan a Jerusalén “con gran alegría” (Lc 24:52), un detalle que refleja la transformación que la fe en el Resucitado produce en el corazón humano. Santo Tomás, al hablar de la alegría espiritual (ST II-II, q. 28), señala que esta surge del amor a Dios y de la esperanza en la bienaventuranza eterna. La reacción de los discípulos no es de tristeza por la partida de Jesús, sino de gozo, porque han comprendido que su Ascensión es la promesa de su propia elevación futura. Como católicos, este pasaje nos invita a vivir con los ojos puestos en el cielo, sabiendo que nuestra patria definitiva no está en este mundo, sino en la comunión eterna con Dios.
Reflexión Final
Lucas 24:46-53 nos confronta con el núcleo de la fe cristiana: Cristo, muerto y resucitado, nos ha abierto las puertas de la salvación y nos ha confiado la misión de ser sus testigos. Santo Tomás de Aquino, con su claridad teológica, nos ayuda a profundizar en este misterio, recordándonos que todo en la vida de Cristo —su pasión, resurrección y ascensión— está ordenado al amor de Dios y a nuestra redención. Este pasaje nos llama a una fe viva, que se traduzca en una predicación valiente y una esperanza gozosa. Como los discípulos, estamos invitados a adorar a Cristo, a bendecir a Dios en el templo de nuestra vida y a esperar con paciencia la fuerza del Espíritu para cumplir la misión que se nos ha confiado. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de fe, nos guíe en este camino hacia la gloria de su Hijo.
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