Génesis 21, 5. 8-20 Salmo 33, 7-8. 10-11. 12-13 Mateo 8, 28-34
Miércoles de la XIII semana del Tiempo ordinario
El Señor escucha el clamor de los pobres
#julio #lecturadeldia
El pasaje de Mateo 8, 28-34, que narra la liberación de los endemoniados de Gadara, nos presenta un encuentro poderoso entre Jesucristo y el sufrimiento humano, marcado por el dominio divino sobre las fuerzas del mal. En este relato, Jesús llega a la región de los gadarenos, donde dos hombres poseídos por demonios, descritos como “tan furiosos que nadie podía pasar por aquel camino”, salen a su encuentro. Los demonios reconocen en Él al Hijo de Dios, y, ante su autoridad, suplican ser enviados a una piara de cerdos, que luego se precipita al mar. Este episodio, profundamente teológico, nos invita a reflexionar sobre la misericordia divina, la realidad del mal y la libertad humana.
Desde la perspectiva católica, este pasaje subraya la soberanía de Cristo sobre toda creación, incluida la esfera espiritual. Los demonios, seres espirituales caídos, reconocen inmediatamente la divinidad de Jesús, exclamando: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?” (Mt 8, 29). Esta confesión, aunque pronunciada por criaturas malignas, revela una verdad fundamental: Cristo es el Señor, y su poder trasciende cualquier fuerza opuesta a la voluntad de Dios. La Iglesia, en su enseñanza, nos recuerda que Jesús vino a liberar al hombre del pecado y de las cadenas del maligno, restaurando la comunión con el Padre. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 550), el Reino de Dios se manifiesta en los exorcismos de Jesús, que son signos de su victoria sobre el poder del mal.
Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologiae (III, q. 44, a. 1), reflexiona sobre los milagros de Cristo, incluyendo los exorcismos, como manifestaciones de su poder divino y de su misión redentora. Para el Doctor Angélico, los milagros no son meros actos de poder, sino signos que confirman la verdad de la predicación de Cristo y su identidad como Hijo de Dios. En el caso de los endemoniados de Gadara, el milagro no solo libera a los poseídos, sino que también revela la supremacía de Cristo sobre el demonio, mostrando que el mal no tiene poder ante la presencia del Salvador. Tomás subraya que estos actos son también una invitación a la fe, pues despiertan en los testigos la admiración y el reconocimiento de la divinidad de Jesús.
Sin embargo, el pasaje también nos confronta con una reacción humana desconcertante: los habitantes de la región, al ver el milagro y la pérdida de los cerdos, “le rogaron que se marchara de su territorio” (Mt 8, 34). Este rechazo, a primera vista sorprendente, puede interpretarse a la luz de la libertad humana, un tema central en la teología de Santo Tomás. En su Summa Theologiae (I-II, q. 6), Aquino explica que la libertad es un don divino que permite al hombre elegir el bien, pero también puede llevarlo a rechazar la gracia por temor, apego a lo material o incomprensión. Los gadarenos, tal vez más preocupados por la pérdida económica de los cerdos que por la liberación de los endemoniados, prefieren la seguridad de lo conocido a la transformación que implica acoger a Cristo. Este episodio nos invita a reflexionar: ¿cuántas veces nosotros, en nuestra vida, preferimos la comodidad o el miedo al cambio antes que abrirnos al poder liberador de Dios?
Desde la doctrina católica, este pasaje nos llama a confiar en la misericordia de Cristo, que escucha el clamor de los afligidos, como los endemoniados que, aunque no lo expresen directamente, son liberados por su amor. La Iglesia nos enseña que el mal, aunque real, no tiene la última palabra; Cristo ha vencido, y su victoria se extiende a todos los que se abren a su gracia. Santo Tomás, en su comentario al Evangelio de Mateo, destaca que la liberación de los endemoniados es un signo de la redención universal: Cristo no solo sana a los individuos, sino que restaura la dignidad de la creación entera, ordenándola al plan de Dios.
En nuestra vida cotidiana, este pasaje nos desafía a reconocer las áreas donde el “mal” –ya sea el pecado, el miedo o las ataduras personales– nos impide vivir en plenitud. Nos invita a acercarnos a Cristo con confianza, sabiendo que Él escucha el clamor de los pobres, de los que sufren, de los que están oprimidos por cualquier forma de mal. Al mismo tiempo, nos exhorta a no ser como los gadarenos, que, por temor o apego, rechazan la presencia de Cristo. Como dice Santo Tomás, la fe es un acto de la voluntad movida por la gracia, y aceptar a Cristo implica estar dispuestos a dejar que Él transforme nuestra vida, incluso cuando ello suponga renunciar a lo que nos da una falsa seguridad.
Que este pasaje nos inspire a buscar a Cristo con humildad, confiando en su poder para liberarnos, y a acoger su presencia con un corazón abierto, sabiendo que, como afirma el Salmo 34:6, “este pobre gritó y el Señor lo escuchó”. Que María, Madre de Misericordia, nos guíe para responder con generosidad al llamado de su Hijo, nuestro Salvador.
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