July 3, 2025
Fiesta de santo Tomás, Apóstol
Efesios 2, 19-22 Salmo 116, 1.2 Juan 20, 24-29
Viernes de la XIII semana del Tiempo ordinario
Yo amo, Señor, tus mandamientos. Sal 105
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El pasaje de Juan 20, 24-29, conocido como el encuentro de Jesús resucitado con Tomás, el apóstol que dudó, nos invita a una profunda reflexión sobre la fe, la duda y la misericordia divina.
El texto evangélico narra cómo Tomás, ausente cuando Jesús se apareció por primera vez a los discípulos, se resiste a creer en la resurrección sin pruebas tangibles: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20, 25). Esta actitud, lejos de ser un simple rechazo, refleja una lucha humana universal: el deseo de certeza ante lo invisible. Sin embargo, Jesús, en su infinita misericordia, no reprende a Tomás, sino que se le aparece ocho días después, invitándolo a tocar sus llagas y a creer. La respuesta de Tomás, «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28), es una de las confesiones de fe más sublimes del Nuevo Testamento, que proclama la divinidad de Cristo.
Desde la perspectiva de la doctrina católica, este pasaje subraya la primacía de la fe, que, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, es «un don sobrenatural de Dios» (CIC 153) que nos permite adherirnos a Él incluso sin ver. Jesús mismo lo confirma al decir: «Bienaventurados los que no han visto y han creído» (Jn 20, 29). Esta bienaventuranza no es un reproche a Tomás, sino una promesa para todos los creyentes que, a lo largo de los siglos, abrazan la fe sin haber contemplado físicamente al Resucitado.
Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologiae, aborda la naturaleza de la fe como un acto de la inteligencia movido por la voluntad, iluminado por la gracia divina (ST, II-II, q. 2, a. 9). Para Aquino, la fe no es contraria a la razón, sino que la perfecciona. En el caso del apóstol Tomás, su duda inicial no es un pecado de incredulidad, sino una búsqueda de certeza que refleja el uso legítimo de la razón humana. Sin embargo, Jesús lo invita a trascender la evidencia sensible para alcanzar la fe pura, que se apoya en el testimonio divino. Aquino explica que los milagros, como la aparición de Cristo resucitado, son signos que confirman la fe, pero no la sustituyen (ST, II-II, q. 178, a. 1). Tomás, al tocar las llagas, recibe un signo, pero su confesión de fe va más allá de lo que ve: reconoce a Cristo como Dios, un acto que trasciende la mera experiencia sensorial.
La misericordia de Jesús hacia Tomás es un reflejo del amor divino que se adapta a la fragilidad humana. Aquino, en su comentario sobre el Evangelio de Juan, destaca que Cristo, al permitir que Tomás toque sus llagas, muestra su condescendencia amorosa, ofreciendo un remedio a la duda para fortalecer la fe del apóstol y de la Iglesia naciente. Este acto de misericordia nos enseña que Dios no desprecia nuestras dudas, sino que nos acompaña pacientemente, invitándonos a confiar en Él. Como dice Aquino, «la fe es más meritoria cuando se adhiere a lo que no se ve» (ST, II-II, q. 1, a. 4), pero Dios, en su bondad, a veces concede signos visibles para sostener nuestra debilidad.
El pasaje también tiene una dimensión eclesial. Tomás, al dudar, representa a todos aquellos que, en algún momento, luchan por creer. Su encuentro con Cristo resucitado se convierte en un testimonio para la comunidad cristiana, que se funda en la predicación apostólica. Como enseña la doctrina católica, la fe de la Iglesia se transmite a través de los apóstoles, cuyos testimonios, inspirados por el Espíritu Santo, son dignos de crédito (CIC 156). Aquino refuerza esta idea al señalar que la fe de los discípulos, confirmada por los signos de la resurrección, es la base de nuestra propia fe (ST, II-II, q. 1, a. 5).
Finalmente, este evangelio nos invita a contemplar las llagas de Cristo, que, según la tradición católica, son un signo eterno de su amor redentor. Al mostrar sus heridas, Jesús no solo prueba su resurrección, sino que revela el precio de nuestra salvación. Aquino, en su teología de la pasión, subraya que las llagas de Cristo son un testimonio de su victoria sobre la muerte y una fuente de gracia para los creyentes (ST, III, q. 54, a. 4). Para nosotros, mirar estas llagas con fe es reconocer que, en nuestras propias dudas y heridas, Cristo está presente, invitándonos a exclamar, como Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».
En conclusión, Juan 20, 24-29 nos recuerda que la fe es un camino, a veces marcado por la duda, pero siempre sostenido por la misericordia divina. Siguiendo a Santo Tomás de Aquino, podemos ver en este pasaje una armonía entre fe y razón, una invitación a confiar en Dios más allá de lo visible y una certeza de que Cristo resucitado acompaña a su Iglesia, transformando nuestras dudas en una confesión de amor y adoración. Que, como Tomás, podamos encontrar en las llagas de Cristo la fuerza para creer y proclamar su divinidad, viviendo como testigos de su resurrección en el mundo.
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