July 4, 2025
Génesis 23, 1-4. 19; 24, 1-8. 62-67 Salmo 105, 1-2. 3-4a. 4b-5 Mateo 9, 9-13
Viernes de la XIII semana del Tiempo ordinario
Yo amo, Señor, tus mandamientos. Salmo 105
#julio #lecturadeldia #ordinario
El pasaje de Mateo 9, 9-13 nos presenta el llamado de Mateo, el publicano, y la posterior cena en su casa, donde Jesús comparte con pecadores y se enfrenta a la crítica de los fariseos. Este evangelio es una joya teológica que revela la misericordia divina y el propósito redentor de Cristo, resonando profundamente con la doctrina católica y las reflexiones de Santo Tomás de Aquino, cuya enseñanza ilumina la centralidad de la gracia y la conversión en la vida cristiana.
El relato comienza con Jesús llamando a Mateo: “Sígueme”. Estas palabras, simples pero cargadas de autoridad divina, transforman la vida de un hombre considerado impuro por su oficio de recaudador de impuestos. Desde la perspectiva católica, este llamado refleja la iniciativa gratuita de Dios, quien no elige según los méritos humanos, sino según su plan de salvación. Santo Tomás, en su Summa Theologiae (I-II, q. 112, a. 2), explica que la gracia de Dios es el principio de toda conversión, moviendo al alma hacia Él sin necesidad de preparación previa por parte del hombre. Mateo, al levantarse y seguir a Jesús, responde libremente a esta gracia, mostrando que la vocación divina no depende de la dignidad del llamado, sino de la misericordia de quien llama.
La escena de la cena, donde Jesús se sienta con publicanos y pecadores, escandaliza a los fariseos, quienes ven en ello una violación de la pureza ritual. Jesús responde con una cita profética: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Os 6, 6), y añade: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. Aquí se manifiesta el corazón de la doctrina católica sobre la redención: Cristo, el Médico divino, busca sanar a los enfermos espirituales. Santo Tomás, en su comentario al Evangelio de Mateo, subraya que la misericordia de Dios es el fundamento de la salvación, pues “la justicia de Dios no excluye su misericordia” (Super Matthaeum, cap. 9). Para Tomás, la misión de Cristo no es condenar, sino restaurar al hombre a la comunión con Dios, transformando el corazón pecador mediante la gracia.
Los fariseos representan una religiosidad legalista, centrada en el cumplimiento externo de la ley, pero carente de caridad. Jesús, al citar a Oseas, les recuerda que la verdadera religión no se agota en ritos, sino que se perfecciona en la misericordia. Santo Tomás, en su tratado sobre la caridad (Summa Theologiae II-II, q. 23-33), enseña que la caridad es la forma de todas las virtudes, y sin ella, los sacrificios pierden su valor ante Dios. La actitud de Jesús, que se acerca a los pecadores sin temor a “contaminarse”, muestra que la caridad divina trasciende las barreras humanas de pureza ritual y exclusión social.
Este pasaje también invita a reflexionar sobre el papel de la humildad en la vida cristiana. Mateo, consciente de su indignidad, no se resiste al llamado de Cristo, a diferencia de los fariseos, cuya autosuficiencia les impide reconocer su necesidad de conversión. Santo Tomás, siguiendo a San Agustín, señala que “la humildad es la disposición primera para recibir la gracia” (Summa Theologiae I-II, q. 161, a. 6). La conversión de Mateo es un testimonio de cómo la humildad abre el corazón a la acción transformadora de Dios.
Finalmente, el evangelio nos desafía a imitar a Cristo en su misericordia. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1846-1847), la misericordia es la respuesta al pecado, y los cristianos estamos llamados a ser instrumentos de esta misericordia en el mundo. Santo Tomás, en su reflexión sobre la justicia y la misericordia, afirma que “la misericordia sin justicia es la madre de la disolución, pero la justicia sin misericordia es crueldad” (Super Matthaeum). Jesús, en su trato con Mateo y los pecadores, equilibra ambas, mostrando que la verdadera justicia divina busca la restauración del pecado, no su condena.
En conclusión, Mateo 9, 9-13 es un canto a la misericordia divina que llama, sana y transforma. Desde la doctrina católica y la sabiduría de Santo Tomás, comprendemos que la gracia de Dios precede nuestra respuesta, que la humildad es la puerta de la conversión y que la misericordia es el sello del amor de Cristo. Que este evangelio nos inspire a reconocer nuestra propia necesidad de Dios y a extender su misericordia a quienes nos rodean, siendo testigos de un amor que no excluye a nadie.
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